En una Cuba donde los apagones ya no respetan horarios y la comida se volvió un lujo cotidiano, algunas familias habaneras vivieron una escena tan inusual como reveladora. Dos bolsas de alimentos tocaron a la puerta, marcadas con una frase que lo dice todo: “Hecho en México”.
Guillermo Beltrán, un padre soltero de 70 años residente en Plaza de la Revolución, fue uno de los que recibió el cargamento. Vive con sus hijas adolescentes, y como tantos jubilados cubanos, navega cada día entre precios imposibles, cortes eléctricos y la eterna incertidumbre del abastecimiento.
Lo que llegó a sus manos no fue simbólico. Arroz, frijoles, aceite, galletas, sardinas, amaranto, conservas. Productos básicos que en cualquier país pasarían inadvertidos, pero que en la Isla adquieren otra dimensión. Comida simple convertida en acontecimiento doméstico.
Beltrán no escondió la emoción. Describió la entrega como una “tremenda alegría”, una frase que resume más que gratitud. Resume el grado de precariedad que hoy define la vida diaria de millones de cubanos.
La ayuda arribó a La Habana en buques de la Armada de México, transportando cientos de toneladas de alimentos e insumos. Un gesto humanitario que, más allá de su intención solidaria, deja al desnudo una realidad incómoda: un país incapaz de garantizar lo más elemental a su población.
Las autoridades cubanas informaron que los productos se destinarán a sectores vulnerables, ancianos y familias con niños en riesgo nutricional. Pero el detalle que más llama la atención no es el destino, sino la necesidad misma de la donación.
En el caso de Beltrán, las bolsas no implicaron colas ni desvelos. Fueron llevadas directamente por el encargado de la bodega. Una postal rara dentro del sistema cubano, donde lo habitual es hacer filas interminables sin certeza de conseguir algo.
El contraste resulta brutal. Mientras el discurso oficial insiste en resistencia, planificación y soberanía económica, la mesa de muchos hogares depende cada vez más de envíos externos. La supervivencia sostenida por la solidaridad extranjera.
El contexto no podría ser más crítico. La crisis energética golpea sin tregua. Cuba produce solo una fracción del combustible que necesita. El resto es escasez, apagones prolongados, transporte paralizado y una economía funcionando a medias.
Las calles lo reflejan. Menos movilidad, jornadas laborales recortadas, servicios inestables. El país entero adaptándose a una normalidad marcada por la falta de energía y recursos básicos.
México anunció el envío como parte de su cooperación humanitaria. La presidenta Claudia Sheinbaum confirmó el apoyo en alimentos, aunque descartó, al menos por ahora, suministros petroleros. Una ayuda que alivia, sí, pero que también subraya la gravedad del panorama cubano.
Para quienes reciben estas bolsas, las consideraciones diplomáticas pesan poco. La urgencia diaria manda. Comer, almacenar, resolver. Prioridades simples en teoría, cada vez más complejas en la práctica.
Beltrán lo expresó con la crudeza que caracteriza al cubano de a pie. Describió los apagones como algo “antihumano”. No es retórica. Es la experiencia concreta de noches enteras sin electricidad, calor sofocante y rutinas fracturadas.
En la Cuba actual, donde la libreta de abastecimiento ya no cubre ni lo mínimo y el mercado informal dicta precios prohibitivos, una donación de arroz y frijoles adquiere valor estratégico dentro del hogar.
Lo que para el Gobierno es cooperación internacional, para muchas familias es respiro momentáneo. Un alivio temporal en medio de una crisis estructural que no muestra señales de solución cercana.










