Régimen se envalentona a costilla del pueblo y dice que Cuba «está preparada para un bloqueo total» de Estados Unidos

Redacción

Desde Nueva York, bien lejos de los apagones y de las colas eternas, el representante permanente de Cuba ante Naciones Unidas, Ernesto Soberón Guzmán, lanzó un mensaje que suena a déjà vu para cualquier cubano: la isla estaría lista para enfrentar un eventual “bloqueo total” de Estados Unidos.

El diplomático, en declaraciones ofrecidas a la agencia EFE, aseguró que en la mentalidad del pueblo cubano “no existe la palabra rendición”. Una frase que encaja perfectamente en el manual retórico del régimen, aunque en la vida diaria dentro de la isla la palabra más repetida suele ser otra: sobrevivir.

Soberón defendió que, si Washington endureciera aún más las sanciones hasta un cierre completo, el país contaría con planes y recursos suficientes para resistir el golpe. Según explicó, la prioridad del Estado sería proteger a la población y mantener los servicios esenciales, una promesa que muchos cubanos escuchan con escepticismo después de años de deterioro sostenido.

El funcionario también vinculó la actual crisis energética a la presión externa. A su juicio, la reducción de suministros petroleros desde Venezuela y las amenazas de sanciones contra países que comercien crudo con Cuba formarían parte de una estrategia calculada para debilitar al país y provocar descontento social.

Sin embargo, incluso dentro de su propio discurso, el diplomático reconoció efectos que ya son imposibles de ocultar. Habló de aerolíneas ajustando itinerarios, ingresos turísticos en descenso y serias complicaciones logísticas que impactan el transporte de alimentos y la movilidad interna.

Son realidades palpables para cualquiera que viva en Cuba hoy. Calles semivacías, transporte público en caída libre y una economía que no logra levantar cabeza. La narrativa oficial insiste en señalar causas externas, pero evita detenerse en décadas de decisiones internas que también pesan —y mucho— en la debacle actual.

La economía cubana, de hecho, atraviesa uno de los momentos más duros de su historia reciente. En apenas cinco años, el país ha perdido alrededor del 15 % de su producto interno bruto. Más alarmante aún, más del 20 % de la población ha salido del país, una sangría demográfica que retrata la magnitud del desencanto.

Soberón admitió que las sanciones tienen un efecto acumulativo tras más de seis décadas de embargo. También reconoció que la falta de combustible agrava cada rincón de la crisis. No obstante, defendió que Cuba ya ha enfrentado escenarios extremos antes, evocando el llamado “periodo especial”.

La comparación, inevitablemente, despierta nervios en muchos hogares cubanos. Para varias generaciones, aquel episodio no fue un simple reto económico, sino una etapa marcada por hambre, apagones brutales y precariedad absoluta. La idea de una “opción cero” vuelve a encender recuerdos nada agradables.

El diplomático mencionó precisamente la existencia de planes para ese escenario límite. Aunque expresó su deseo de que nunca sea necesario activarlos, la simple referencia deja claro que el fantasma de un colapso mayor ronda los cálculos oficiales.

En materia energética, destacó los esfuerzos por ampliar las fuentes renovables y optimizar la refinación de crudo pesado. Son líneas de acción que el discurso gubernamental repite con frecuencia, aunque en la práctica los apagones prolongados siguen marcando la rutina nacional.

Mientras tanto, la población continúa ajustando su vida al ritmo de la escasez. Cocinar de madrugada, reorganizar jornadas laborales, improvisar transporte. La resiliencia ciudadana ya no es consigna, sino obligación cotidiana.

Sobre el siempre mencionado diálogo con Estados Unidos, Soberón reiteró la disposición de Cuba a conversar bajo condiciones de respeto mutuo, igualdad y no injerencia. Una postura diplomática reiterada durante años, sin que hasta ahora haya producido cambios visibles en la vida de los cubanos.

El contraste entre la retórica oficial y la realidad interna sigue siendo brutal. Desde escenarios internacionales se habla de resistencia, planes y capacidades. En la isla, la conversación es más simple y más cruda: cómo resolver el día a día en medio de una crisis que no da tregua.

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