La historia se repite en La Habana, y ya casi nadie se sorprende. Hace apenas minutos, la Empresa Eléctrica capitalina confirmó en su canal oficial de Telegram que varias subestaciones quedaron fuera de servicio tras un Disparo Automático de Frecuencia (DAF), un evento técnico que, en la práctica, se traduce en lo que los habaneros conocen demasiado bien: otro apagón de grandes proporciones.
Las instalaciones afectadas incluyen nodos clave del sistema eléctrico de la ciudad. Plaza, Príncipe, Tropical y Rincón, en Boyeros, figuran entre las subestaciones impactadas. El resultado fue inmediato. Amplias zonas quedaron sin electricidad, extendiendo la oscuridad por varios municipios densamente poblados.
Boyeros, Playa, Marianao, Plaza, Cerro y Centro Habana aparecen entre los territorios golpeados por la interrupción. No son precisamente zonas periféricas ni de baja demanda. Se trata de áreas neurálgicas de la capital, donde la vida cotidiana, el comercio y los servicios dependen críticamente de un suministro eléctrico que cada vez parece más frágil.
Como suele ocurrir, la explicación técnica llegó casi al instante, aunque sin disipar la sensación de déjà vu. El periodista Lázaro Manuel Alonso indicó que la avería primaria podría estar localizada en la subestación de la CUJAE, citando declaraciones de Lázaro Guerra Hernández, director general de Electricidad del Ministerio de Energía y Minas.
En Cuba, estas precisiones ya forman parte del ritual informativo. Se habla de DAF, de averías primarias, de eventos de frecuencia. Pero en la calle, la lectura es mucho más simple y mucho más cruda: la capital volvió a apagarse.
El disparo por DAF ocurre cuando la frecuencia llega a valores mínimos permisibles que ponen en peligro la estabilidad del mismo y como protección desconecta varios circuitos de la Capital. Los mismo restablecen a medida que se vaya recuperando la frecuencia que tiene un valor de 60hz o ciclos por segundo.
Las autoridades aseguraron que se trabaja para restablecer el servicio “lo antes posible”, una frase que los ciudadanos escuchan con escepticismo acumulado. En un país donde los apagones dejaron de ser incidentes excepcionales para convertirse en rutina, los plazos oficiales rara vez logran tranquilizar a quienes dependen de la electricidad para cocinar, bombear agua o simplemente descansar.










