Vecinos de Artemisa cuestionan por qué el régimen entregó un módulo más grande del donativo de México en La Habana: «Aquí solo arroz, sardina y galletas»

Redacción

La llegada de un donativo de alimentos procedente de México a Artemisa, anunciada por el Telecentro ARTV en Facebook, lejos de calmar ánimos terminó encendiendo otro debate. La publicación mostró arroz, galletas y latas de sardinas descargadas en la UEB Mayorista de San Antonio de los Baños, con destino inicial hacia municipios como Güira de Melena.

El contexto pesa. Apenas días antes, dos buques de la Armada de México habían atracado en La Habana con más de 800 toneladas de ayuda humanitaria. Se habló de arroz, frijoles, leche en polvo y otros insumos. La narrativa oficial prometía alivio en medio de la crisis, pero en la práctica la historia empezó a oler diferente.

Desde el Ministerio de Comercio Interior se explicó que la distribución abarcaría Artemisa, La Habana, Mayabeque e Isla de la Juventud. También se definieron prioridades: niños, embarazadas, adultos mayores y personas vulnerables. El problema no fue el anuncio, sino lo que la gente dice no estar viendo.

Cuando arrancó la entrega en Mayabeque ya habían saltado las primeras interrogantes. La precisión de que los productos serían para “niños con bajo peso y talla” dejó a muchos rascándose la cabeza. ¿Todos los menores o solo algunos? La ambigüedad, como era de esperar, hizo lo suyo en redes.

En Artemisa la reacción fue un déjà vu. Bastó la publicación de ARTV para que los comentarios se llenaran de preguntas incómodas. Varios usuarios no entendían por qué solo se mencionaban ciertos productos cuando el cargamento anunciado parecía mucho más amplio.

“¿No decían que venía leche en polvo, frijoles y hasta productos de aseo?”, cuestionó una internauta. Otros fueron más directos: “La lista de la donación se encogió por el camino.” El tono, entre ironía y molestia, se repite una y otra vez.

Las dudas giran sobre lo mismo. La leche en polvo es la gran protagonista ausente. También aparecen menciones a frijoles, aceite y artículos de higiene. La sensación general es que lo prometido y lo recibido no terminan de cuadrar.

A la par, emergen testimonios de municipios donde, según los propios vecinos, no ha llegado nada. San Antonio de los Baños, Guanajay, Güira de Melena. En los comentarios, la frase más común no habla de gratitud, sino de incredulidad.

Algunos describen entregas parciales. Dos libras de arroz. Solo galletas. Nada de sardinas. Nada de leche. El contraste entre las cifras oficiales y la experiencia cotidiana vuelve a alimentar la sospecha, ese deporte nacional que ya nadie practica por gusto.

El malestar también toca la selección de beneficiarios. Hay quienes entienden la prioridad hacia sectores vulnerables, pero cuestionan el alcance real. “¿Y los demás qué comemos?”, preguntan usuarios que no encajan en las categorías definidas.

En medio del debate digital, no faltan las teorías más ácidas. Algunos sugieren que parte de los productos podría terminar en tiendas en divisas. Otros, sin rodeos, hablan de desvíos. No hay pruebas públicas, pero sí un clima de desconfianza que no nació ayer.

Más allá de la polémica puntual, los comentarios dejan ver algo más profundo. La ayuda externa ya no se percibe como gesto solidario, sino como recordatorio incómodo de la fragilidad interna. El agradecimiento existe, pero convive con el cansancio.

“Con donativos no se vive”, escribió un usuario. La frase, seca y sin adornos, resume un sentimiento extendido. No se discute la utilidad inmediata de los alimentos. Se discute la normalización de depender de ellos.

Mientras el discurso oficial insiste en mostrar eficiencia organizativa, en la calle la conversación va por otro carril. La escasez crónica, los apagones y los precios disparados hacen que cualquier irregularidad, real o percibida, tenga efecto multiplicador.

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