La imagen se repite como un déjà vu doloroso. Calles convertidas en vertederos, esquinas tomadas por montañas de desechos y un olor que no da tregua. La crisis de la basura en Cuba ya no es un detalle incómodo: es una postal cotidiana del colapso. Y La Habana, como casi siempre, lleva la peor parte.
Lo que antes se intentaba maquillar hoy resulta imposible de esconder. Las redes sociales están llenas de fotos que parecen sacadas de un escenario de desastre. Basureros improvisados frente a viviendas, pero también junto a hoteles de lujo. Una contradicción brutal que retrata mejor que cualquier discurso la realidad de la isla.
Mientras tanto, desde la prensa oficial llegan las mismas fórmulas gastadas. Que si falta organización. Que si hace falta disciplina. Que si la situación es compleja. Pero la basura sigue ahí, inmóvil, acumulándose bajo el sol y la lluvia, como una metáfora perfecta de la parálisis estatal.
Las autoridades hablan más de lo que actúan. Anuncian diagnósticos, planes, comisiones, recorridos. Palabras largas, soluciones cortas. Ahora dicen haber “identificado” más de un centenar de puntos de transferencia para residuos sólidos. Suena técnico, suena importante. En la práctica, la ciudad continúa igual: sucia, saturada, abandonada.
La pregunta cae por su propio peso. ¿Cómo es posible que después de más de seis décadas en el poder, el Gobierno descubra ahora conceptos básicos de gestión urbana? ¿En serio nadie pensó antes en algo tan elemental como la logística de la recogida de basura en una capital de más de dos millones de habitantes?
El ritual burocrático, sin embargo, no falla. Delegaciones, especialistas, inspecciones, certificaciones. Una procesión institucional que avanza con solemnidad mientras los desperdicios se descomponen en plena vía pública. La escena roza lo surrealista.
Y cuando toca explicar el desastre, el libreto tampoco cambia. La culpa es externa. Siempre externa. El bloqueo, las sanciones, la coyuntura internacional. Nunca la ineficiencia crónica, nunca la mala gestión, nunca la falta de previsión. La responsabilidad interna es un fantasma que jamás aparece.
En medio de la escasez de combustible, las “alternativas” propuestas rayan en lo absurdo. Se habla de tracción animal, de rutas improvisadas, de soluciones comunitarias. Como si una megaciudad moderna pudiera sostener servicios básicos recurriendo a esquemas propios del siglo pasado.
El propio discurso oficial reconoce el tamaño del problema. Municipios densamente poblados como Centro Habana, Habana Vieja o Diez de Octubre enfrentan un reto monumental. Más gente, más residuos, menos recursos. Una ecuación explosiva que el sistema parece incapaz de resolver.
Entonces llega la cantaleta ideológica de siempre. Que si el pueblo debe cooperar. Que si la participación popular. Que si el trabajo comunitario integrado. Traducido al lenguaje de la calle: más carga para ciudadanos agotados, más responsabilidad para quienes ya sobreviven entre apagones, inflación y carencias básicas.
El resultado es visible, tangible, imposible de maquillar. La basura no desaparece con consignas. No se recoge con retórica. No se gestiona con reuniones interminables. Y La Habana sigue esperando, atrapada entre desechos y promesas recicladas.










