La chispa prendió rápido. En el programa de Ninoska Pérez en Radio Martí, una afirmación lanzada al aire bastó para encender comentarios, sospechas y discusiones dentro del exilio cubano. El señalamiento, atribuido a un representante cubanoamericano, fue presentado como algo prácticamente confirmado, y desde ese momento la conversación se volvió inevitable.
El detonante vino de un reporte de Axios. El medio aseguró que Marco Rubio habría sostenido intercambios recientes con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, conocido en ciertos círculos como “El Cangrejo”. La noticia, como era de esperar, cayó como una piedra en aguas ya agitadas.
Según lo publicado, los contactos no incluirían a Miguel Díaz-Canel. El foco, siempre de acuerdo con esas versiones, estaría en figuras que Washington identifica como parte del núcleo de poder real en La Habana. La lectura política es evidente: más allá de los cargos formales, el peso seguiría recayendo en el viejo entramado del castrismo.
Mientras en Miami y otras comunidades del exilio el tema corría como pólvora, desde Nueva York llegó la primera reacción oficial cubana. Ernesto Soberón Guzmán, representante permanente de Cuba ante Naciones Unidas, restó credibilidad a las informaciones y las catalogó como simples conjeturas mediáticas.
El diplomático no ocultó su desdén. Señaló que los propios medios reconocen la falta de confirmación y, bajo esa lógica, sugirió que todo sonaba más a ruido especulativo que a hechos verificables. En su discurso, la línea fue la de siempre: prudencia retórica y desmarque calculado.
Soberón también repitió la fórmula clásica del régimen. Cuba, dijo, estaría abierta al diálogo, pero únicamente bajo condiciones de respeto mutuo, igualdad soberana y ausencia de presiones externas. Una narrativa conocida, reciclada durante décadas cada vez que surge cualquier controversia diplomática.
El mensaje, aunque diplomático en apariencia, dejó entrever la postura habitual de La Habana. No aceptar imposiciones, insistir en la no injerencia y presentarse como parte razonable ante la comunidad internacional. Nada nuevo bajo el sol político cubano.
Lo que sí llamó la atención fue el silencio posterior. Más allá de esas declaraciones, la Presidencia de la República de Cuba no emitió comentarios adicionales. Ninguna confirmación, ningún desmentido categórico. Solo ese vacío informativo que, en contextos sensibles, suele generar más preguntas que certezas.
En el exilio, entretanto, el debate sigue vivo. Para algunos, cualquier rumor de conversaciones con figuras ligadas al apellido Castro despierta alarmas inmediatas. Para otros, incluso la posibilidad de contactos indirectos refleja hasta qué punto la política hacia Cuba se mueve en terrenos complejos y poco transparentes.










