El Valle de Yumurí, joya natural de Matanzas, vuelve a ser noticia. Y no precisamente por su belleza. Lo que debería ser un santuario verde, orgullo de la Isla, hoy carga otra etiqueta mucho más amarga: la huella visible del abandono y la indolencia.
La historia cuenta que Humboldt quedó fascinado con este paisaje y lo bautizó como el “Valle de los mil verdes”. No era una exageración poética. Era la reacción lógica de quien se topa con un escenario que parece pintado a mano por la naturaleza. Pero el contraste actual duele. El verde lucha contra el gris… y va perdiendo terreno.
En la entrada al valle, por la Carretera a Corral Nuevo, crece un fenómeno tan cotidiano como vergonzoso. Microvertederos improvisados. Escombros, plásticos, latas. Basura acumulada donde debería respirarse aire limpio. Una postal que nadie promociona, pero que todos ven.
La escena no es menor. Por ese tramo circulan turistas a diario. Personas que llegan buscando la Cuba natural, la que inspiró relatos, versos y asombro. Sin embargo, lo primero que salta a la vista no es el paisaje, sino los desechos. Una bienvenida que retrata más al sistema que al lugar.
Resulta aún más grave cuando se recuerda que el Valle de Yumurí ostenta categoría de Área Protegida. Sobre el papel, eso implica resguardo, conservación, vigilancia. En la práctica, la realidad cuenta otra historia. Una donde la basura avanza y la gestión ambiental brilla por su ausencia.
Aquí no hay misterio ni casualidad. La proliferación de vertederos ilegales en Cuba se ha vuelto parte del paisaje urbano y rural. Falta de recogida eficiente, infraestructura colapsada, autoridades que miran hacia otro lado. El resultado es un país donde la degradación ambiental se normaliza.
Yumurí no es solo geografía. Es identidad, memoria, símbolo. Cada bolsa arrojada, cada resto abandonado, es también una metáfora incómoda de algo más profundo: el deterioro de espacios que deberían ser intocables. Lugares que sobreviven más por su resistencia natural que por políticas efectivas.
La pregunta cae sola, casi inevitable. ¿Es esta la imagen que merece uno de los paisajes más emblemáticos de Cuba? ¿Es esta la herencia que se deja a quienes vendrán después? Porque la basura no es solo un problema estético. Es sanitario, ecológico, cultural.
El Valle de Yumurí no necesita discursos grandilocuentes ni consignas recicladas. Necesita acción, gestión real, responsabilidad. Necesita que se entienda algo básico: un Área Protegida no es un basurero improvisado ni un problema secundario.










