Embajador Miker Hammer rompe el silencio sobre los envíos de combustible desde Estados Unidos a Cuba

Redacción

Mike Hammer volvió a dejar declaraciones que, en el contexto cubano, resuenan con fuerza. Durante una entrevista concedida en Madrid, el encargado de negocios de la Embajada de Estados Unidos en La Habana abordó uno de los temas más sensibles del momento: la crisis energética en Cuba y el delicado equilibrio entre presión política y asistencia humanitaria.

El asunto no es menor. Mientras la Isla enfrenta apagones interminables y una escasez de combustible que paraliza la vida cotidiana, persisten reportes sobre cargamentos petroleros que logran llegar pese al cerco económico. La pregunta era inevitable: ¿qué hará Washington frente a ese flujo que muchos califican de clandestino?

Hammer optó por la cautela diplomática, pero dejó claras las prioridades. Evitó adelantar acciones específicas, aunque subrayó una preocupación central dentro de la política estadounidense: el impacto directo sobre el cubano común. La narrativa se centra en una línea que Washington insiste en remarcar, separar la presión al aparato estatal del bienestar básico de la población.

En ese sentido, recordó los fondos de asistencia movilizados tras el huracán Melissa. Millones de dólares canalizados, según explicó, hacia ayuda humanitaria. No como gesto político simbólico, sino como intento de que recursos esenciales lleguen a quienes realmente los necesitan. Una aclaración que apunta a un punto crítico: la desconfianza sobre cómo el régimen administra cualquier flujo de bienes o divisas.

La discusión se volvió más espinosa al tocar el tema del combustible. Versiones internacionales han sugerido que Estados Unidos podría valorar envíos limitados destinados a sostener servicios esenciales. A primera vista, la idea podría parecer contradictoria frente a la política de sanciones. Hammer no lo negó ni lo confirmó de forma categórica, pero sí matizó el enfoque.

El énfasis, explicó, permanece en alimentos y medicinas. Sobre el combustible, dejó entrever que el asunto se analiza en instancias superiores. Lo relevante no fue la evasiva, sino la lógica reiterada: cualquier decisión debe impedir que la cúpula gobernante capitalice la ayuda para reforzar su control interno.

El mensaje político implícito fue difícil de ignorar. La posición estadounidense no se presenta como una estrategia de asfixia indiscriminada, sino como intento de evitar que recursos estratégicos terminen sosteniendo estructuras represivas. Una distinción que el discurso oficial cubano rara vez reconoce en sus narrativas públicas.

Hammer también deslizó una reflexión histórica cargada de contraste. Evocó una Cuba anterior al largo ciclo del castrismo, destacando su peso económico regional. Más que nostalgia, la idea apuntaba a subrayar una lectura crítica sobre el presente: la crisis actual no surge de la nada ni puede atribuirse únicamente a factores externos.

En su valoración, el deterioro acumulado responde a décadas de un modelo incapaz de generar estabilidad y prosperidad sostenida. Una afirmación que, dentro de la Isla, choca frontalmente con la retórica estatal, pero que fuera de ella encuentra eco en múltiples análisis internacionales.

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