La reciente distribución en Cuba de un donativo enviado desde México no ha pasado precisamente en silencio. En Güira de Melena, Artemisa, varios residentes alzaron la voz tras denunciar que los núcleos familiares catalogados como vulnerables recibieron apenas un paquete de galletas, una escena que rápidamente encendió el debate en redes sociales.
Las quejas comenzaron a circular en Facebook, donde usuarios compartieron imágenes y testimonios. Más que el gesto de ayuda, lo que generó malestar fue la escasa cantidad de productos entregados. Para muchos, la experiencia dejó una sensación amarga: una asistencia que se percibe más simbólica que efectiva.
Como suele ocurrir en la Isla, la entrega de donativos estuvo bajo la supervisión de estructuras estatales. No es un detalle menor. En Cuba, cualquier flujo de ayuda humanitaria pasa inevitablemente por los canales oficiales, un mecanismo que desde hace años provoca suspicacias dentro y fuera del país.
Algunos comentarios reflejaron una mezcla de agradecimiento y frustración. La lógica es sencilla. Nadie desprecia un alimento en medio de la escasez, pero resulta difícil ignorar el contraste entre las expectativas generadas por un cargamento de varias toneladas y la realidad concreta que llega a las manos de la gente.
La discusión digital no tardó en polarizarse. Hubo quienes defendieron que, en tiempos de crisis, cualquier aporte suma, por pequeño que sea. Otros, en cambio, cuestionaron la magnitud de lo recibido, señalando que la precariedad actual convierte incluso las donaciones internacionales en recursos insuficientes frente a necesidades masivas.
El trasfondo económico amplifica la controversia. Cuba atraviesa una escasez persistente de alimentos y productos básicos. Mercados desabastecidos, precios disparados en el sector privado y salarios que se evaporan ante la inflación forman parte del paisaje cotidiano. En ese escenario, un paquete de galletas difícilmente cambia la ecuación de supervivencia doméstica.
Fuentes institucionales confirmaron que México envió un cargamento considerable de alimentos. También reiteraron que la distribución priorizaría los denominados grupos vulnerables en varias provincias. Sobre el papel, la estrategia parece lógica. En la práctica, las percepciones ciudadanas cuentan otra historia.
Desde el propio gobierno mexicano se indicó que la ayuda humanitaria continuará, aunque sin incluir petróleo por el momento. La aclaración no es irrelevante. Mientras entran alimentos, la crisis energética y de combustible sigue golpeando con fuerza, manteniendo apagones y limitaciones que impactan toda la actividad económica.
La paradoja resulta evidente. La asistencia internacional intenta aliviar carencias inmediatas, pero no modifica las causas estructurales del deterioro. La dependencia de donativos externos para cubrir necesidades alimentarias básicas expone una realidad incómoda: un sistema productivo incapaz de sostener la demanda interna.










