Lo que por años fue orgullo natural de la capital hoy da pena ajena. El Parque Metropolitano de La Habana, ese respiro verde en medio del concreto, terminó convertido en un vertedero improvisado. Donde antes había árboles, ahora mandan los desechos.
Camiones estatales empezaron a descargar basura sin mucho disimulo. El punto crítico no es un rincón perdido, sino una zona sensible, pegada al área deportiva conocida como Las Canchas de 26. Allí entrenan niños. Allí respira gente. A pocos metros también funciona el Hospital Clínico Quirúrgico de 26.
La historia, tristemente, se repite. No es el primer incendio, pero el más reciente volvió a encender las alarmas. Durante la noche, la basura ardió otra vez. Y con ella, la paciencia de los vecinos.
El resultado fue una nube espesa de humo tóxico que se coló por ventanas y pulmones. Barrios como Puentes Grandes quedaron atrapados bajo una neblina gris. La mañana no trajo alivio. La ciudad despertó todavía oliendo a quemado.
La angustia se siente en la calle y en las redes. Un residente, cansado de advertir lo que parecía inevitable, soltó su frustración sin filtros. Decía que lo veía venir, que a nadie pareció importarle ni el hospital ni la comunidad. Contaba que su familia pasó la noche encerrada, luchando por respirar, con una madre en plena crisis de asma.
A altas horas de la madrugada, la situación se volvió más dura. Respirar costaba. Dormir daba miedo. El aire, simplemente, no era aire.
Las imágenes que circulan hablan solas. Montañas de basura. Camiones descargando. Humo cubriendo casas enteras. Escenas que parecen sacadas de un país en guerra, no de un parque urbano.
La pregunta flota, tan densa como el humo. ¿Quién decidió convertir parte del Parque Metropolitano en basurero? ¿En qué oficina se firmó semejante disparate?
No se trata solo de estética ni de olores desagradables. Es un golpe directo a un ecosistema que durante años sirvió para educación ambiental, recreación y vida comunitaria. Un espacio pensado para proteger la naturaleza, no para asfixiarla.
Y el detalle más indignante no se puede ignorar. Todo ocurre a escasa distancia de un hospital y de áreas donde practican niños. Basura, fuego y humo compartiendo vecindad con salud pública y deporte infantil.










