Mike Hammer confirma que habrá un cambio político radical en Cuba pero se niega a revelar una fecha posible para la caída del régimen

Redacción

Las declaraciones de Mike Hammer han vuelto a sacudir el debate sobre el futuro de Cuba. En una entrevista concedida en Madrid, el encargado de negocios de la Embajada de Estados Unidos en La Habana dejó entrever lo que en la Isla siempre genera revuelo: la posibilidad de un cambio político de gran calado, incluso dentro de este mismo año.

Hammer, quien asumió su misión diplomática durante la etapa final de la Administración Biden, lleva más de un año moviéndose por el país. No ha sido el típico funcionario encerrado entre reuniones oficiales. Se le ha visto caminando barrios, conversando con ciudadanos comunes, tocando de cerca una realidad que el discurso estatal intenta maquillar. Ese acercamiento, como era previsible, encendió alarmas dentro del aparato del poder.

Las reacciones no se hicieron esperar. Actos de hostigamiento, vigilancia constante y los ya conocidos espectáculos de intimidación organizados por estructuras afines al Gobierno. Nada que sorprenda en un sistema donde cualquier interacción que escape del control oficial se percibe como amenaza. Aun así, Hammer mantuvo su agenda, y muchos cubanos decidieron hablar, pese al riesgo.

Uno de los puntos más llamativos de sus palabras fue la percepción de un cambio en la actitud ciudadana. Tras décadas de silencio impuesto y temor a represalias, el diplomático sostiene que hoy se respira algo distinto en la calle. El miedo, asegura, ya no paraliza con la misma fuerza. La conversación social, aunque todavía marcada por la cautela, parece moverse en otra dirección.

Al abordar la estrategia de Washington, Hammer defendió la política de presión promovida por la Administración Trump. La narrativa es clara: limitar recursos que, según la posición estadounidense, terminan reforzando la maquinaria represiva. Cuba, recordó, sigue siendo un asunto sensible para la seguridad de Estados Unidos, no solo por razones ideológicas, sino por su cercanía geográfica.

Sobre plazos concretos o calendarios, el diplomático evitó comprometerse. Subrayó que ese tipo de decisiones se manejan en la Casa Blanca y el Departamento de Estado. El mensaje implícito, sin embargo, fue evidente. La presión continuará y el objetivo estratégico no ha cambiado: forzar un escenario donde la cúpula cubana reconozca que el modelo actual no se sostiene.

La conversación tomó un tono más crudo cuando Hammer describió la realidad interna de la Isla. Basura acumulada en las calles, deterioro visible de servicios básicos y brotes epidemiológicos agravados por la precariedad estructural. Problemas que, según su lectura, no pueden atribuirse únicamente a factores externos, sino a fallas crónicas de gestión y prioridades políticas distorsionadas.

Particularmente simbólica resultó su referencia a la vigilancia que enfrenta en Cuba. Señaló que los recursos estatales parecen fluir sin obstáculos cuando se trata de control y represión. Patrullas renovadas, combustible garantizado, movilidad intacta. En contraste, la población lidia a diario con apagones, escasez y transporte colapsado. Una imagen que habla por sí sola.

Al ser consultado sobre la naturaleza de un eventual proceso de transición, Hammer se movió dentro del lenguaje diplomático. Reiteró que la posición oficial de Washington apunta a que se materialicen las aspiraciones del pueblo cubano, con aperturas tanto económicas como políticas. Evitó especular sobre nombres o figuras específicas, pero insistió en una idea recurrente: el cambio ya no se percibe como hipótesis remota.

Quizás el detalle más revelador fue su observación sobre el clima social. Cuando llegó a La Habana, comenta, la conversación pública rara vez giraba en torno a transformaciones políticas inmediatas. Hoy, en cambio, la pregunta que escucha con más frecuencia no es si algo va a pasar, sino cuándo. Un matiz que refleja desgaste, expectativas y una paciencia colectiva al límite.

Desde su perspectiva, esa sensación de agotamiento no se limita al ámbito interno. También menciona un cambio en la lectura internacional, donde cada vez más actores reconocen que la situación cubana resulta difícil de sostener en el tiempo. La combinación de crisis económica, colapso energético y tensiones geopolíticas mantiene al país en una fragilidad permanente.

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