Miker Hammer asegura que el 2026 será el año para la caída del régimen en Cuba y que ya EEUU tiene un plan para ayudar en la reconstrucción del país

Redacción

Las declaraciones de Mike Hammer vuelven a colocar a Cuba en el centro de una conversación que, dentro de la Isla, siempre se mueve entre la expectativa y el escepticismo. Durante una entrevista concedida en Madrid, el encargado de negocios de la Embajada de Estados Unidos en La Habana dejó una idea que, en el contexto cubano, suena a sacudida mayor: el cambio político ya no se percibe como un escenario lejano.

Hammer no habló en tono ambiguo. Su lectura apunta a que las condiciones han variado de manera significativa. Según su visión, la dinámica actual en Washington —marcada por el enfoque de la Administración Trump hacia América Latina y el Caribe— ha alterado el tablero geopolítico. En otras palabras, Cuba vuelve a ocupar un lugar prioritario en la agenda estadounidense.

El diplomático subrayó un elemento que considera revelador. La reiterada mención pública de Cuba por parte del presidente de Estados Unidos no sería un gesto retórico menor. En su interpretación, esos pronunciamientos funcionan como mensaje político, tanto hacia la Isla como hacia la comunidad internacional. Cuando la Casa Blanca habla con tanta frecuencia de Cuba, algo se está moviendo, vino a sugerir.

Uno de los aspectos más llamativos de su valoración fue la percepción de un cambio en la actitud social dentro del país. Hammer sostiene que, tras décadas de control férreo y temor a represalias, hoy se respira un clima distinto. El miedo, asegura, ya no actúa como el mismo freno paralizante. Una afirmación de alto voltaje en una nación donde la disidencia ha pagado históricamente costos severos.

Al abordar la posibilidad de una transformación política profunda, evitó atarse a fechas concretas. Sin embargo, dejó claro que no se trata de una intuición aislada. Mencionó que diversos analistas internacionales coinciden en que la coyuntura cubana presenta rasgos inéditos, marcados por desgaste económico, crisis energética y un descontento social cada vez más visible.

La conversación avanzó hacia el inevitable tema del día después. Lejos de la especulación superficial, Hammer insistió en que la idea de una transición en Cuba no es nueva dentro de la política estadounidense. Durante años, explicó, se han evaluado escenarios y mecanismos destinados a evitar colapsos caóticos. La prioridad, según su enfoque, sería una transformación ordenada y estable.

El diagnóstico sobre el estado del país fue igualmente contundente. Infraestructura deteriorada, sistema energético colapsado, servicios esenciales debilitados. En su lectura, la Cuba actual refleja décadas de abandono e inversiones distorsionadas. Recursos canalizados hacia sectores privilegiados mientras áreas críticas —salud, transporte, agua, comunicaciones— quedaban rezagadas.

Hammer evocó además un contraste recurrente en el debate sobre la Isla. El potencial humano del cubano frente a las limitaciones estructurales del sistema. Destacó la capacidad de adaptación y el espíritu emprendedor que, a su juicio, se evidencia con claridad en la diáspora. Un argumento que apunta a una tesis central: en un entorno de libertades reales, la dinámica económica podría cambiar con rapidez.

Al referirse al proceso de reconstrucción, evitó estimaciones rígidas. Subrayó que cada país presenta variables propias y que extrapolar modelos ajenos resulta impreciso. Aun así, transmitió una visión optimista. Sostuvo que la combinación de voluntad internacional y capacidades internas podría generar transformaciones más veloces de lo que muchos anticipan.

La reflexión final dejó una idea que resume bien el trasfondo político del intercambio. Más allá de cálculos técnicos o cronogramas hipotéticos, Hammer insistió en la noción de sorpresa. La eventual reconstrucción de Cuba, afirmó, podría desarrollarse de maneras inesperadas, impulsada tanto por la resiliencia ciudadana como por un contexto internacional distinto al de años previos.

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