En pleno 2026, en una panadería de barrio en Holguín, el pan se hornea con leña. No es una escena pintoresca ni una tradición rescatada por nostalgia. Es el reflejo crudo de la crisis energética y la escasez de combustible que golpean a casi toda Cuba.
La falta de electricidad estable y la carencia de diésel han obligado a improvisar soluciones que parecían enterradas en otra época. Equipos eléctricos detenidos, hornos apagados y trabajadores obligados a volver a métodos que recuerdan más al siglo pasado que a la Cuba que el discurso oficial intenta proyectar.
En un reportaje difundido por medios estatales, los propios panaderos describen el panorama. Hablan de apagones prolongados, de combustible inexistente y de la necesidad de seguir produciendo pan, aunque sea “como se pueda”.
Uno de los trabajadores resumía la situación con resignación. Explicaba que, sin electricidad ni grupo electrógeno operativo, la única alternativa real ha sido recurrir a la leña. Hacer pan en medio del humo, literalmente, para intentar sostener un alimento básico de la canasta normada.
Otro panadero reconocía que la panadería cuenta con un grupo electrógeno, pero sin la cobertura de combustible necesaria para mantenerlo en funcionamiento. La crisis económica, admitía, terminó dejando inútil una infraestructura que en teoría debía servir de respaldo.
La salida fue mirar hacia atrás. Recuperar hornos que llevaban más de tres décadas fuera de servicio. Limpiarlos, repararlos y encenderlos con madera. Una imagen que resulta tan simbólica como inquietante: en 2026, la modernidad retrocede frente a la precariedad energética.
Desde la dirección de la Empresa Productora de Alimentos en Holguín, las autoridades reconocen la tensión diaria. Admiten que las condiciones de trabajo distan mucho de lo ideal y que la cobertura de pan no alcanza para todos al mismo tiempo.
Se habla de turnos extendidos, de ajustes operativos y de esfuerzos extraordinarios. Pero en la calle, lo que pesa es otra cosa. Colas, incertidumbre y la sensación de que hasta algo tan elemental como el pan depende de equilibrios frágiles.
Los testimonios de los vecinos retratan mejor que cualquier cifra el desgaste cotidiano. Algunos describen el humo, el calor y las incomodidades como parte inevitable del día a día. Otros agradecen el sacrificio de los trabajadores, conscientes de que la alternativa sería aún peor: no tener pan.
También emergen interpretaciones cargadas de frustración. Hay quienes apuntan hacia factores externos, repitiendo la narrativa oficial sobre sanciones y restricciones. Sin embargo, para muchos cubanos, el problema ya no se percibe como coyuntural, sino estructural.
Porque la escena de Holguín no es un caso aislado. En distintos puntos del país se repiten historias similares. Servicios paralizados, soluciones improvisadas y una infraestructura que lucha por sobrevivir entre apagones y déficit de combustible.










