Lo que prometía ser un fin de semana de descanso terminó convertido en una cadena de tropiezos. El creador de contenidos cubano Octavio Castillo Quesada compartió en redes sociales la odisea que vivió junto a su pareja al intentar tomarse unos días en Varadero, uno de los destinos turísticos más promocionados por el oficialismo.
La historia arrancó incluso antes de pisar la playa. La pareja tenía previsto viajar hacia los cayos, pero el plan se vino abajo por la ya crónica escasez de combustible en Cuba. Sin gasolina, no hay traslado. Sin traslado, adiós vacaciones. La solución fue cambiar la reserva hacia Varadero, donde al menos el transporte desde La Habana seguía funcionando.
Hasta ahí, todo parecía resuelto. Pero la realidad, como suele pasar en la Isla, tenía otros planes.
Al llegar al hotel inicialmente reservado, se toparon con una sorpresa digna del absurdo cubano: la instalación estaba cerrada. Sin previo aviso claro, sin margen de maniobra. Simplemente cerrado. La alternativa fue trasladarlos a otro resort, aunque el cambio distó mucho de ser fluido.
En el siguiente destino, el desconcierto continuó. El nombre de Castillo no aparecía en el sistema. Ni habitación asignada, ni información precisa. Solo incertidumbre y horas de espera. Una escena que ya resulta demasiado familiar para quienes intentan moverse dentro del turismo nacional.
Finalmente, fueron enviados al Hotel Arenas Doradas. Lejos de encontrar alivio, el proceso volvió a empantanarse. El joven relató que tuvo que aguardar durante varias horas para concretar un check-in que nunca terminaba de llegar.
Según su testimonio, en un momento incluso le comunicaron que no tenía habitación disponible. La calma, dijo, fue su único recurso ante una situación que rozaba el disparate. Tiempo después, lograron ubicarlo en una instalación que ni siquiera figuraba en sus planes originales.
Las imágenes compartidas muestran su paso por el Hotel Internacional de Varadero. Más allá del cambio de escenario, la valoración fue tajante. El servicio y la organización, aseguró, dejan mucho que desear.
La publicación del video desató reacciones inmediatas. Algunos usuarios apuntaron que la responsabilidad podría no recaer directamente en la agencia de viajes. Señalaron que numerosos hoteles han cerrado de forma repentina en medio de la crisis energética, incluso con reservas ya pagadas.
Castillo, sin embargo, matizó su posición. Aclaró que nunca culpó a la agencia como tal. El problema, insistió, radica en la falta de organización y en la manera en que se gestionan las soluciones. Si un hotel cierra, lo mínimo —argumentó— sería ofrecer opciones reales al cliente.
Y ahí emerge uno de los puntos más sensibles. En un país donde las reservas turísticas se pagan en divisas, el margen de decisión del cliente parece diluirse en cuanto surgen contratiempos. Las reubicaciones suelen ser automáticas, sin demasiada consulta, como si el viajero fuera un simple expediente logístico.
La falta de información transparente y de alternativas claras termina agravando la experiencia. Cambios de última hora, largas esperas y decisiones tomadas desde oficinas estatales marcan una dinámica que muchos cubanos conocen demasiado bien.
Todo esto ocurre en el contexto de una crisis del turismo en Cuba cada vez más evidente. La escasez de combustible no solo complica los traslados. También provoca cierres temporales, ajustes improvisados y un efecto dominó que impacta tanto a visitantes extranjeros como a nacionales.
No es un caso aislado. En semanas recientes, viajeros han relatado situaciones similares en distintos polos turísticos. Hoteles que cesan operaciones, clientes trasladados sin previo margen de elección y servicios que distan mucho de la imagen idílica que vende la propaganda oficial.
Mientras el Gobierno insiste en presentar el turismo como tabla de salvación económica, la experiencia narrada por Castillo expone otra cara. Un sector golpeado por la desorganización, la falta de recursos y la desconexión entre discurso y realidad.










