La inconformidad volvió a estallar en redes sociales. Una madre residente en Habana Vieja relató con evidente indignación lo que recibió su hijo de apenas siete años como parte de la ayuda humanitaria enviada desde México. El contenido, según su testimonio, se redujo a una lata de atún y un paquete de galletas.
La reacción no se hizo esperar. La mujer cuestionó públicamente el destino de otros productos que, de acuerdo con anuncios previos, formarían parte de los módulos. Arroz, aceite, frutas enlatadas. Nada de eso, aseguró, apareció en la entrega destinada a su familia.
El reclamo conecta con un malestar que ya venía creciendo. En los últimos días, varios usuarios han compartido experiencias dispares sobre la distribución del donativo mexicano en distintas zonas del país. Las diferencias entre lo prometido y lo recibido han avivado las sospechas.
Mientras el discurso oficial insistía en que la ayuda beneficiaría a niños, ancianos y sectores vulnerables, la realidad descrita por muchos ciudadanos dibuja un panorama irregular y confuso. Algunos reportan módulos relativamente completos; otros, entregas que rayan en lo simbólico.
En Regla, por ejemplo, otra madre detalló que su paquete incluía productos básicos como arroz, frijoles y aceite, además de conservas. Sin embargo, incluso en ese contexto surgieron preguntas inmediatas de otras mujeres: ¿qué pasó con la leche y los artículos de aseo anunciados?
Más llamativa aún resulta la situación descrita en Güira de Melena. Allí, familias consideradas vulnerables denunciaron que la ayuda se limitó a un simple paquete de galletas por núcleo. Una escena difícil de conciliar con los volúmenes de asistencia reportados oficialmente.
El contraste ha alimentado la conversación digital. México confirmó el envío de cientos de toneladas de ayuda humanitaria hacia Cuba, un gesto que en teoría debía aliviar carencias severas en medio de la crisis económica y alimentaria que atraviesa la Isla.
Pero en la práctica, la percepción ciudadana se mueve en otra dirección. Las redes se han llenado de interrogantes sobre los criterios de distribución, la composición real de los módulos y la transparencia en el manejo de los recursos donados.
No es solo una cuestión de cantidades. También pesa el desgaste emocional de familias que viven bajo una presión constante por la escasez. Cada anuncio de ayuda genera expectativas que, al no cumplirse plenamente, derivan en frustración y desconfianza.
En barrios habaneros y comunidades del interior, la incertidumbre se repite. Vecinos comparan entregas, comparten fotos, contrastan experiencias. La sensación de arbitrariedad termina amplificando el descontento en un país donde los alimentos básicos siguen siendo un bien precario.










