Casi el 90% de las MiPymes en Cuba podrían cerrar defnitivamente por la grave crisis de escasez de combustible que afecta el país

Redacción

La crisis de combustible en Cuba ya dejó de ser una noticia repetida para convertirse en un problema existencial para miles de emprendedores. Hoy no se trata solo de molestias operativas o retrasos logísticos. Para buena parte de las mipymes, la escasez energética significa una amenaza directa de cierre.

Un reciente análisis de la consultoría Auge, sustentado en cifras oficiales de la ONEI, pinta un panorama demoledor. De las 9.236 mipymes registradas en el país, 8.904 enfrentan impactos severos o críticos derivados de la falta de combustible y los apagones. Dicho en buen cubano: casi todo el sector privado anda con el agua al cuello.

Mientras tanto, el mercado informal impone su propia ley. El litro de combustible se mueve por encima de los seis dólares, un precio prohibitivo en una economía ya golpeada. Para muchos negocios, simplemente no hay margen matemático que aguante ese costo.

La dependencia del diésel es brutal. Transporte de mercancías, elaboración de alimentos, distribución, servicios… gran parte del tejido productivo privado necesita combustible para respirar. Sin él, la actividad se frena como un carro sin batería en plena Vía Blanca.

Los números del estudio son elocuentes. Más de siete mil empresas operan en sectores donde el combustible no es un lujo, sino una pieza básica del engranaje. Otras más de mil podrían desaparecer si el desabastecimiento se prolonga. La capacidad real de resistencia es mínima.

La Habana concentra casi la mitad del fenómeno. Allí se agrupa el mayor número de mipymes, lo que convierte cualquier deterioro del suministro energético en un golpe de alcance nacional. Lo que falla en la capital repercute como ficha de dominó en todo el país.

Este escenario ya venía dando señales desde el Estudio de Clima Empresarial 2025. Una parte de los empresarios logró invertir en paneles solares, plantas o sistemas de respaldo. Pero muchos otros no pudieron asumir ese gasto. La desigualdad tecnológica dentro del propio sector privado se amplía.

Las mipymes, lejos de ser un actor secundario, se han convertido en uno de los pocos motores visibles de la economía cubana. Generan empleo, dinamizan mercados y sostienen a innumerables familias. Sin embargo, operan atadas a un sistema eléctrico colapsado y a una infraestructura energética impredecible.

La falta de combustible no solo impacta negocios urbanos. También golpea a productores agrícolas y transportistas, responsables de mover alimentos hacia ciudades y polos turísticos. Cuando el diésel desaparece, la cadena completa de abastecimiento se resiente.

En este contexto, las decisiones oficiales llegan tarde y con sabor amargo. La reciente autorización para que actores no estatales importen combustible parece más una reacción desesperada que una estrategia planificada. Durante años, el sector privado solicitó flexibilizaciones similares sin éxito.

El problema de fondo permanece intacto. La economía cubana sigue atrapada entre restricciones estructurales, crisis energética crónica y un modelo incapaz de garantizar estabilidad en suministros básicos. Emprender en Cuba hoy es, literalmente, un acto de resistencia cotidiana.

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