Si alguien pensaba que la crisis en Cuba se veía solo en los apagones o en las colas, la realidad sigue mostrando escenas que parecen sacadas de otra época. En el municipio guantanamero de Imías, la harina destinada al pan normado —ese básico de la canasta familiar— está siendo transportada… en mulos. Sí, mulos. Y la cocción del pan no es con diésel, como debería, sino con leña. La falta de combustible no perdona ni lo más esencial.
Según reportes del Periódico Venceremos y del telecentro local Solvisión, en Imías se han “redoblado esfuerzos” para que no falte el pan normado, considerado un alimento clave para la población. La idea de transportar sacos de harina en animales de carga y hornear con leña se presenta en la prensa oficial como un ejemplo de “creatividad” y “compromiso”, pero cualquiera que vea las imágenes puede notar la gravedad de la situación: métodos propios de hace décadas para mantener un servicio básico.
La logística detrás de estas medidas involucra a trabajadores del sector alimentario, transportistas y directivos municipales, todos intentando articular una rutina diaria que evite que el pan deje de llegar a los hogares. La escena, sin embargo, deja en evidencia la dependencia extrema del combustible y cómo su escasez afecta la vida cotidiana: transportar harina en mulos y hornear con leña no es un lujo, es la única alternativa viable ante la falta de diésel y electricidad confiable.
Este panorama se da en un contexto de tensiones externas e internas. Estados Unidos asegura que el régimen cubano sigue negándose a implementar cambios estructurales a pesar de décadas de crisis que golpean al ciudadano común. Entre sanciones, restricciones financieras y aislamiento internacional, el Gobierno insiste en mantener el modelo vigente, mientras los cubanos lidian con apagones prolongados, escasez de alimentos y una inflación que reduce drásticamente el poder adquisitivo del peso cubano (CUP).
La población sigue pagando el precio de la falta de reformas profundas y de apertura política. Mientras tanto, el discurso oficial evita asumir responsabilidades internas y presenta las improvisaciones —como los mulos y la leña— como logros creativos. La realidad, sin embargo, es mucho más cruda: mantener la producción de pan a cualquier costo refleja que los problemas estructurales no se han resuelto y que los ciudadanos continúan enfrentando los efectos de una crisis que no parece tener solución a corto plazo.
El pan, básico y necesario, se convierte así en un símbolo de la resiliencia forzada de la población cubana y del contraste entre la narrativa oficial y la vida real en las calles. Lo que para algunos es “creatividad” para otros es supervivencia pura y dura.










