En medio del desgaste social, los apagones interminables y la asfixia económica que marcan la vida diaria en la Isla, una voz poco habitual irrumpió con fuerza desde un lugar inesperado: el altar. El obispo de Santa Clara, Mons. Arturo González Amador, dejó un mensaje que rápidamente comenzó a circular entre fieles y redes sociales.
La frase fue directa, sin maquillaje ni eufemismos. “Cuba tiene que cambiar, como estamos viviendo no es de humano.” No fue un comentario lateral ni una interpretación ambigua. Fue una declaración clara, pronunciada en plena Catedral Santa Clara de Asís, durante la celebración del VI Domingo del Tiempo Ordinario.
La homilía, inicialmente enfocada en el Evangelio, tomó un giro que resonó más allá de lo litúrgico. Mons. González reflexionó sobre el Sermón de la Montaña y el llamado de Jesús a mirar hacia el interior, recordando que los males visibles de la sociedad nacen primero en el corazón.
El obispo insistió en que la raíz de la violencia, el odio y la fractura social no se encuentra únicamente en los actos externos. “Jesús nos invita a mirar dónde nace todo eso, y todo comienza en lo interior,” explicó, subrayando que la transformación auténtica exige revisar las motivaciones más profundas.
Pero fue al cierre de la Eucaristía cuando el tono se volvió abiertamente nacional. Allí, el prelado dejó atrás el análisis teológico para conectar con la realidad que golpea a millones de cubanos. La referencia no fue abstracta ni simbólica.
El obispo evocó el mensaje previo del Episcopado cubano y reconoció que la situación del país no ha mejorado. Al contrario, afirmó que el escenario actual resulta aún más complejo. La gravedad de la crisis, lejos de aliviarse, continúa intensificándose.
Fue entonces cuando pronunció la frase que se convirtió en eco inmediato dentro y fuera de Cuba. No como consigna política, sino como expresión de una preocupación pastoral que ya no puede esconderse tras formalidades diplomáticas.
Mons. González apeló a la necesidad de un diálogo real, uno que no se limite a declaraciones vacías. Habló de escuchar, de sentarse, de actuar. No de discursos, sino de pasos concretos orientados al bien común.
El mensaje también incluyó una dimensión humana que toca fibras sensibles en el país. Según relató la Oficina de Prensa del Obispado, al ser consultado sobre qué diría al mundo respecto a Cuba, el obispo respondió con sencillez contundente: que no olviden a la Isla ni el dolor de su gente.
En un contexto donde la crisis energética condiciona hasta la movilidad básica, Mons. González abordó además la decisión de aplazar la visita ad limina al Vaticano. Una determinación que, lejos de ser trivial, estuvo cargada de simbolismo pastoral.
Aunque oficialmente se mencionaron dificultades logísticas relacionadas con el combustible, el obispo dejó claro el trasfondo de la decisión. La preocupación central era no abandonar al país en un momento particularmente delicado.
La reflexión fue tan simple como poderosa. ¿Dónde deben estar los pastores cuando la realidad se torna incierta? La respuesta del prelado no dejó espacio a interpretaciones: al lado del pueblo.
La escena resulta significativa en una nación donde el discurso oficial insiste en proyectar estabilidad mientras la vida cotidiana evidencia otra cosa. Las palabras del obispo, pronunciadas desde un espacio religioso, reflejan un malestar social que ya se expresa en múltiples ámbitos.










