Díaz-Canel imita a Fidel Castro en plena crisis y promete «cambiar todo lo que deba ser cambiado» desde la lujosa sala en el Capitolio Nacional

Redacción

En uno de los momentos más duros que ha vivido Cuba en décadas, Miguel Díaz-Canel volvió a sacar del repertorio una frase que suena grande, pero que a muchos cubanos les sabe a déjà vu. Este 24 de febrero aseguró que está listo para «cambiar todo lo que deba ser cambiado» dentro del engranaje institucional del país.

El escenario no fue casual. La declaración llegó durante una sesión conmemorativa por el medio siglo del llamado sistema del Poder Popular, celebrada en una fecha cargada de simbolismo para la narrativa oficial. Mucho protocolo, mucha épica… y la realidad golpeando afuera.

De acuerdo con lo transmitido por Canal Caribe, el gobernante insistió en que el aniversario debía entenderse como “un punto de giro, no una meta alcanzada”, una idea que intenta proyectar movimiento en medio de un país estancado. El mensaje, eso sí, vino envuelto en el tono habitual de resistencia y épica revolucionaria.

Aunque reconoció la crisis económica —algo imposible de esconder a estas alturas— el discurso volvió a caminar por la senda conocida. Promesas de lucha, llamados a la firmeza y la vieja apuesta a que Cuba, pese a todo, terminará imponiéndose. La retórica fue intensa, casi marcial.

El mandatario habló de pelear, aguantar y reinventarse frente a las dificultades, repitiendo la narrativa de resistencia que el oficialismo ha usado durante años. El problema es que la resistencia no llena la nevera ni enciende la luz, y eso en la Isla lo sabe cualquiera.

Más allá de las consignas, la frase que intentó robarse el protagonismo fue la promesa de cambiar lo que deba cambiarse. Según explicó, todo en nombre de la justicia social, la equidad y una supuesta participación activa de la ciudadanía. Palabras bonitas, terreno resbaloso.

Díaz-Canel defendió además que los órganos del Poder Popular funcionan como ese puente directo entre las inquietudes de los barrios y las decisiones del Estado. Una visión que, vista desde la calle, provoca más cejas levantadas que aplausos.

Porque mientras en el discurso se habla de conexión con la gente, en la vida diaria millones de cubanos lidian con apagones interminables, precios disparados, escasez crónica y servicios colapsados. La desconexión entre la narrativa oficial y la experiencia real es cada vez más evidente.

En los mismos barrios que el gobernante mencionó como ejemplo de participación, la rutina es otra. La preocupación gira en torno a cómo cocinar sin corriente, cómo estirar un salario pulverizado por la inflación o cómo conseguir medicamentos básicos.

La escena se repite a diario: transporte en ruinas, colas eternas, frustración acumulada y un éxodo que no afloja. La gente no debate teorías institucionales, la gente sobrevive, que es muy distinto.

Por eso, cuando desde el poder se habla de transformaciones profundas, la reacción natural ya no es la esperanza, sino la duda. Una duda cargada de cansancio, de promesas anteriores y de cambios que nunca terminan de aterrizar.

Al final, la interrogante sigue flotando en el aire, como tantas veces. ¿Qué se va a modificar realmente? ¿En qué momento esos ajustes dejarán de ser palabras y empezarán a sentirse en la mesa, en el bolsillo y en esa luz que se va cada noche?

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