¿Solo para millonarios? Concierto de Ja Rulay en Santiago de Cuba desata polémica al conocerse que la entrada cuesta 10 mil pesos por persona

Redacción

La llegada del artista urbano Ja Rulay a Santiago de Cuba no pasó precisamente en silencio. Su presentación, prevista para el 28 de febrero en el centro nocturno privado Insomnio, encendió comentarios, críticas y ese murmullo colectivo que en la Isla suele aparecer cuando los números no cuadran con la realidad.

El foco de la controversia no es la música, sino los precios. Según mensajes difundidos por el propio local, la entrada general cuesta 10 000 pesos cubanos por persona, una cifra que para muchos santiagueros suena más a provocación que a simple tarifa de espectáculo.

Para quienes aspiren a una experiencia más “cómoda”, el segundo piso ofrece mesas por 30 000 pesos consumibles. El área VIP, por cierto, ya estaría completa, lo que añade otro ingrediente a la discusión: hay demanda, incluso en medio del colapso económico.

Las matemáticas del evento también han circulado entre la gente. Un grupo de cinco personas necesitaría desembolsar 80 000 pesos por adelantado. En cualquier otro país podría ser un gasto elevado; en Cuba, donde el salario estatal promedio apenas respira, la cifra roza lo surrealista.

Y ahí es donde la conversación se pone caliente. En una ciudad marcada por salarios deprimidos, inflación persistente y serias limitaciones para acceder a efectivo, el contraste resulta brutal. Para una gran parte de la población, 10 000 pesos no son ocio, son supervivencia.

No faltaron las reacciones cargadas de ironía y molestia. Algunos ciudadanos cuestionan cómo es posible que haya quienes no logran sacar su salario del banco, mientras otros pagan sin pestañear sumas que equivalen a varios meses de ingresos.

Más allá del evento puntual, lo que se discute en la calle y en redes es algo más profundo. La escena deja al descubierto una brecha económica cada vez más visible, donde conviven dificultades cotidianas extremas y espacios de consumo que parecen dirigidos a otra Cuba.

Para algunos, el asunto es simple: negocio privado, reglas privadas. Defienden que cada empresario fija sus precios según oferta y demanda, sin que eso deba generar escándalo. El mercado manda, dirían en cualquier manual de economía.

Pero en el contexto cubano, la lógica no es tan lineal. Otros señalan que este tipo de precios reflejan una desigualdad creciente, donde el acceso al entretenimiento se convierte en privilegio de minorías con capacidad adquisitiva muy superior al promedio nacional.

En medio del debate, emergen posturas resignadas y realistas. Jóvenes que reconocen que no podrán pagar una entrada, pero que igual se acercarán al lugar para escuchar desde afuera, como quien intenta rozar un lujo que sabe inalcanzable.

El caso Ja Rulay en Santiago funciona así como una especie de espejo social. No es solo un concierto, es una postal del país actual, donde escasez, crisis y consumo de alto costo coexisten en una misma escena urbana.

Mientras tanto, la polémica sigue creciendo en redes sociales, terreno natural de estas discusiones. Allí se mezclan indignación, humor criollo y ese desahogo digital que sustituye conversaciones que antes quedaban en voz baja.

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