La crisis de la basura en La Habana ya no se puede tapar con discursos. Montañas de desechos en las esquinas, contenedores desbordados y un olor que habla por sí solo han obligado al régimen a mover ficha. Ahora, el Gobierno anuncia un proyecto de inversión extranjera para mejorar la recogida y el manejo de desechos sólidos en la capital.
La propuesta fue presentada en una reunión oficial en el teatro del Ministerio de la Industria Alimentaria, en Playa, con la presencia de autoridades capitalinas. La narrativa suena optimista: colaboración internacional, nuevos equipos y reorganización del sistema. Pero, como siempre, la letra pequeña importa.
El plan, impulsado por Miguel Almeida desde Portugal, arranca con una primera fase que promete activar todos los camiones y contenedores disponibles en la ciudad. También se habla de incorporar tecnología para el lavado de equipos y aumentar la cantidad de depósitos en distintos municipios, ajustando la frecuencia de recogida según cada zona.
Hasta ahí, todo parece lógico. El problema es que esto mismo se ha prometido antes y La Habana sigue convertida en un vertedero a cielo abierto.
El discurso oficial insiste en que el éxito dependerá del compromiso ciudadano. Traducido al cubano de a pie: vienen multas y más fiscalización. Se anuncia una ordenanza territorial que establecerá obligaciones tanto para la población como para las empresas. O sea, más controles en un país donde sobran inspectores y faltan soluciones reales.
En esta etapa también se plantea separar residuos domésticos, restos de poda y desechos de construcción, que requerirán permisos especiales para su gestión. Sobre el papel, suena moderno. En la práctica, habrá que ver si existen los recursos y la logística para cumplirlo.
La nota oficial repite una palabra clave: disciplina. Se habla de conciencia ciudadana y del papel de las escuelas en la educación ambiental. Pero cuesta no preguntarse cómo se educa en limpieza cuando el propio Estado ha permitido que el sistema colapse durante años.
En el plano económico, se prevé un ajuste salarial para los trabajadores de Comunales, incluyendo incentivos. También se subraya que la mitad del gasto anual de esa entidad se va en combustible, lo que obliga a operar con mayor eficiencia. La pregunta es inevitable: ¿y quién responde por el despilfarro acumulado hasta ahora?
La segunda fase del proyecto, enfocada en el tratamiento de desechos sólidos, dependerá de que la primera funcione correctamente. Es decir, si no sale bien lo básico, lo demás ni se toca. Además, todos los medios, incluidos los nuevos que se adquieran, seguirán siendo propiedad estatal. Inversión extranjera, sí… pero el control no se suelta.
Los presidentes de consejos populares han aplaudido la iniciativa y expresado entusiasmo ante la posibilidad de que La Habana recupere el orden y la limpieza. Un optimismo que contrasta con la realidad cotidiana de los habaneros, que llevan años conviviendo con la basura como parte del paisaje urbano.
En redes sociales, las reacciones no se hicieron esperar. Algunos ciudadanos han señalado que debería reactivarse con fuerza la recogida institucional de materias primas. Empresas estatales lo aplican, pero muchas mipymes dejan cajas y desechos regados en las esquinas sin contratos de reciclaje. La escena se repite: cartones, envases y restos comerciales mezclados con basura orgánica.
Otros opinan que la educación cívica es esencial y que se han perdido valores básicos de limpieza. Hay quienes recuerdan que muchos negocios privados dejan un rastro visible de desperdicios que delata su ubicación antes que el cartel del local. Y no les falta razón.
También han surgido propuestas para vincular a mipymes privadas, estatales o emprendedores con transporte propio, de modo que puedan apoyar el saneamiento en las zonas donde operan. Según algunos usuarios, seguir repitiendo los mismos esquemas burocráticos no resolverá nada.
Incluso se ha planteado que los contenedores deberían protegerse con mayor rigor y sancionar con dureza a quien los dañe, haciendo públicas esas medidas para crear conciencia. Una idea que apunta más a la responsabilidad compartida que al simple castigo selectivo.
Lo cierto es que el problema de la basura en Cuba no es nuevo. Es el resultado de años de ineficiencia, centralización extrema y falta de inversión real en infraestructura. Ahora el régimen apuesta por capital extranjero para maquillar el desastre, pero sin cambiar el modelo que lo generó.










