El Kremlin no tardó en meter la cuchareta. El Gobierno de Rusia calificó el tiroteo ocurrido en aguas cubanas como una “provocación agresiva de Estados Unidos”, alineándose sin titubeos con el discurso de La Habana tras la muerte de cuatro tripulantes de una lancha con registro estadounidense.
Desde Moscú, la portavoz del Ministerio de Exteriores ruso aseguró que Washington estaría buscando subir la temperatura política y empujar un conflicto. Nada nuevo bajo el sol. Cada vez que en Cuba estalla un escándalo delicado, aparece el comodín de la conspiración externa.
El vocero del Kremlin, por su parte, habló de moderación y defendió la actuación de las fuerzas cubanas. Según él, lo ocurrido debía mirarse desde un “componente humanitario”, insistiendo en que los problemas de los ciudadanos cubanos necesitan solución y no más obstáculos. Suena bonito… pero dicho desde un aliado estratégico del régimen, el mensaje pierde brillo.
Mientras tanto, en La Habana, el canciller cubano volvió al guion conocido. Prometió una “investigación rigurosa”, esa frase que en Cuba ya parece sello automático cada vez que hay muertos y demasiadas preguntas. En redes sociales, repitió la narrativa histórica de infiltraciones y agresiones provenientes de Estados Unidos desde 1959. El mismo cassette, otra vez.
Lo que sí está claro es dónde y cuándo ocurrió todo. El enfrentamiento se registró el 25 de febrero, en la zona noreste del canalizo El Pino, en Cayo Falcones, Villa Clara. Un lugar que hasta hace poco era geografía olvidada y ahora está en el centro de una tormenta política.
Según la versión del Ministerio del Interior, una lancha rápida con matrícula de Florida fue detectada en aguas cubanas. Cinco efectivos de las Tropas Guardafronteras se acercaron para identificarla y, siempre según el relato oficial, desde la embarcación se abrió fuego, dejando herido al comandante de la patrulla.
El resultado fue trágico: cuatro personas abatidas y seis heridas, evacuadas posteriormente. Entre los fallecidos figura Michel Ortega Casanova, residente en Tampa, descrito por la organización Casa Cuba de Tampa como un hombre comprometido con la causa de la libertad. Un perfil que choca frontalmente con la etiqueta de “terroristas” que el aparato estatal intenta imponer.
Las identidades de los otros tres muertos siguen sin revelarse públicamente, algo que alimenta aún más la desconfianza. En Cuba, cuando la información se dosifica tanto, uno aprende a leer entre líneas.
Los heridos y detenidos fueron identificados por las autoridades, al igual que un supuesto colaborador arrestado en territorio cubano. Además, el régimen informó la incautación de armas de asalto, pistolas, artefactos incendiarios caseros, chalecos antibalas y uniformes de camuflaje. Un arsenal que, según la narrativa oficial, confirmaría la gravedad del incidente.
Pero aquí viene el punto clave: toda la información proviene exclusivamente del Gobierno cubano. No hay imágenes independientes, no hay grabaciones públicas, no hay testimonios verificados por terceros. Solo comunicados oficiales.
El contexto tampoco ayuda. Las tensiones entre Washington y La Habana han ido subiendo de tono, sobre todo tras restricciones relacionadas con el petróleo venezolano y en medio de una crisis económica que tiene al país patas arriba. Apagones, inflación y migración masiva forman parte del paisaje diario.
Desde Estados Unidos, el secretario de Estado aseguró que se realizará una investigación propia y que cualquier decisión se tomará basándose en información independiente. Un mensaje que deja claro algo evidente: nadie serio toma como verdad absoluta lo que sale de un sistema sin transparencia.










