En la Cuba de los 90, hacer reír también tenía precio… aunque no siempre se pagaba con dinero. Carlos Otero acaba de soltar una historia que pinta de cuerpo entero cómo funcionaba el control del régimen sobre los artistas, y no es precisamente una anécdota ligera.
Durante una entrevista reciente, el presentador recordó cómo el elenco de Sabadazo terminó actuando en una función privada dentro de una base aérea militar, en pleno Período Especial. La convocatoria llegó desde arriba, directamente de la cúpula. No era una invitación… era una orden disfrazada.
Según contó, el aviso vino a través de un alto mando militar. Tenían que presentarse para una actividad del Ejército. Nada fuera de lo común… hasta que ya dentro de la base les soltaron la sorpresa: Raúl Castro estaba presente y quería ver el show.
Ahí fue cuando el ambiente cambió. Otero lo resumió sin rodeos: “ahora sí vamos presos”. Porque en ese contexto, cualquier chiste podía convertirse en un problema. Pero la orden fue clara: querían el mismo humor que hacían en la calle, sin filtros.
Y lo curioso —o lo absurdo— es que, según el propio Otero, Raúl Castro se reía a carcajadas con los chistes sobre la misma realidad que su gobierno provocaba. Mientras más se reía él, más exageraban las risas los militares a su alrededor. Una escena que parece sacada de una película… pero era bien real.
Después del show, vino el momento de “felicitaciones”. El general incluso lo llamó por el nombre de un personaje del programa. Otero, con la cabeza fría, decidió no corregirlo. En sus palabras: hay cosas con las que uno no juega en ese sistema.
Pero detrás del humor, lo que queda es otra historia. Ni un centavo por la actuación. Como muchas otras veces, el talento era utilizado sin compensación, porque simplemente no había opción de negarse.
Días después, le enviaron fotos del evento. Una en particular, donde aparecía junto a Raúl Castro, terminó en cenizas. Otero decidió quemarlas antes de irse del país, consciente de lo que podía significar tener ese tipo de material.
El relato también deja ver el nivel de vigilancia al que estaban sometidos. Según él, la Seguridad del Estado lo sabía todo. Un control constante que iba mucho más allá del escenario.
Esta historia no es un caso aislado. Es parte de un patrón donde el régimen utilizaba a figuras públicas mientras las mantenía bajo presión. Y en el caso de Otero, fue solo una pieza más de un proceso que terminó años después con su salida de Cuba.
Hoy, desde fuera, cuenta lo que muchos vivieron en silencio. Y deja una imagen clara: en Cuba, incluso hacer reír podía convertirse en un acto de riesgo.

