«Solineras comunitarias», el nuevo invento del régimen para que la población cocine en medio de la calle durante los apagones

Cuba sigue entrando en terrenos que hace apenas unos años parecían impensables. En medio de apagones interminables, falta de gas y una infraestructura energética prácticamente colapsada, el régimen ahora impulsa las llamadas “solineras” comunitarias, espacios alimentados por paneles solares donde la población puede cargar equipos… y hasta cocinar.

Sí, cocinar.

Lo que en cualquier país sería visto como una solución temporal de emergencia tras un desastre natural, en Cuba ya empieza a venderse como parte de la rutina diaria.

Según medios oficialistas, en Matanzas se planea instalar nueve de estos puntos colectivos, mientras que en Santa Clara ya funciona una solinera comunitaria capaz de alimentar decenas de equipos de cocción simultáneamente.

La escena parece sacada de una película postapocalíptica tropical: vecinos haciendo cola para conectar una hornilla eléctrica o cargar un teléfono mientras el país entero vive apagado.

Aunque el gobierno intenta presentar estas iniciativas como innovación y “resistencia creativa”, la realidad detrás del asunto es mucho más cruda. Las solineras no nacen por modernización energética ni por desarrollo tecnológico. Surgen porque millones de cubanos ya no tienen cómo cocinar en sus propias casas.

Y eso dice muchísimo sobre el nivel de deterioro al que ha llegado el país.

Gran parte de estos proyectos están siendo levantados por mipymes y esquemas de desarrollo local que importan paneles solares, baterías e inversores para crear pequeños sistemas independientes del Sistema Eléctrico Nacional, un monstruo viejo y destruido que lleva años cayéndose a pedazos.

En algunos lugares el servicio de cocción es gratuito, mientras otros intentan recuperar inversión cobrando determinadas prestaciones. Porque incluso sobrevivir en Cuba ya necesita modelo de negocio.

Mientras tanto, el régimen continúa maquillando la crisis con discursos sobre soberanía energética y transición renovable, aunque la realidad diaria del cubano promedio sea otra completamente distinta: calor insoportable, comida echándose a perder y familias enteras durmiendo sin corriente.

Las autoridades reconocen déficits energéticos superiores a los 1,400 megawatts. Traducido al lenguaje de la calle: media Cuba apagada casi todo el día.

Los cortes eléctricos ya afectan no solo la cocina y la refrigeración, sino también el suministro de agua, las comunicaciones y hasta los hospitales. En muchísimas zonas del país vivir con electricidad estable se ha convertido prácticamente en un lujo.

Y claro, cuando no hay corriente ni gas, el cubano inventa.

Por eso han empezado a aparecer alternativas improvisadas en diferentes provincias: parques solares con tomacorrientes colectivos, pequeños sistemas comunitarios y mecanismos caseros para generar energía. Todo impulsado más por necesidad extrema que por planificación estatal.

Lo más irónico es que durante décadas el régimen vendió la idea de una potencia energética socialista capaz de garantizar servicios básicos para todos. Hoy la realidad obliga a la gente a reunirse alrededor de paneles solares comunitarios simplemente para cocinar un poco de arroz.

Y aunque las “solineras” son presentadas como una solución positiva, terminan revelando algo mucho más profundo: el fracaso absoluto del sistema energético cubano.