Miguel Díaz-Canel decidió adornar la derrota con heroísmo. Durante el acto de homenaje a los 32 militares cubanos muertos en Caracas, el gobernante aseguró que uno de sus oficiales logró disparar un arma antiaérea contra un helicóptero del ejército de Estados Unidos durante la operación que terminó con la captura de Nicolás Maduro.
Desde la Tribuna Antiimperialista, escenario habitual para los relatos grandilocuentes, Díaz-Canel sacó pecho de un supuesto acto de bravura protagonizado por el teniente coronel Jorge Márquez, a quien atribuyó haber impactado la aeronave aun estando gravemente herido y perdiendo sangre.
Según el relato oficial, Márquez disparó “a pesar de estar herido y sangrando abundantemente” y, en una frase cuidadosamente ambigua, el mandatario dejó caer que quién sabe a cuántos tripulantes pudo haber alcanzado. Ninguna prueba, ninguna confirmación externa, solo la palabra del poder.
El discurso estuvo cargado de frases hechas. Combatientes en “primera línea de fuego”, cuerpos “llenos de esquirlas”, hombres que resistieron “hasta la última bala”. El libreto clásico del sacrificio revolucionario, aplicado esta vez a una operación armada fuera del territorio cubano y en defensa de un gobierno extranjero.
Jorge Márquez no murió. Sobrevivió y regresó a Cuba junto a otros heridos, convertido ahora en pieza clave de una narrativa que intenta maquillar una realidad incómoda: la operación estadounidense fue efectiva, Maduro fue capturado y el dispositivo de seguridad que lo protegía quedó hecho trizas.
En su intervención, Díaz-Canel acusó directamente a Donald Trump de ordenar un “ataque artero” mientras la población dormía. Washington, en cambio, habló con frialdad militar. Trump describió la operación “Resolución Absoluta” como una acción planificada durante meses, ejecutada en minutos y sin bajas estadounidenses, aunque reconoció siete heridos, incluido un piloto con lesiones graves que evolucionaba favorablemente.
El contraste no puede ser más claro. Mientras La Habana recurre a la épica y a la consigna, Estados Unidos habló de descensos por cuerdas, asalto aéreo, extracción rápida y salida con el objetivo capturado. Nada de poesía. Nada de consignas.
Pero el verdadero problema para el régimen cubano no está en si un helicóptero fue alcanzado o no. Está en lo que el propio discurso oficial termina admitiendo. Los 32 cubanos muertos no estaban en una misión humanitaria. No defendían a Cuba ni a su población. Estaban integrados en el anillo de seguridad personal de Nicolás Maduro.
Es decir, formaban parte directa del aparato que sostenía a un dictador. Una implicación que durante años La Habana negó, maquilló o redujo al término cómodo de “colaboración”, y que ahora queda expuesta sin posibilidad de disfraz.
La operación no solo terminó con Maduro y su esposa detenidos. También dejó al descubierto el nivel real de penetración cubana en la estructura de poder venezolana. No eran asesores técnicos ni observadores. Eran efectivos armados, insertados en la defensa del régimen chavista.
Según datos del Pentágono, la incursión involucró alrededor de 200 militares estadounidenses y más de 150 aeronaves. Murieron 24 miembros de la seguridad venezolana y 32 cubanos. Un helicóptero fue alcanzado, pero logró mantenerse en vuelo, y un ciberataque dejó sin comunicaciones a gran parte de Caracas. El balance es claro y políticamente devastador para La Habana.
Díaz-Canel insistió en que los combatientes “pelearon hasta morir” y que uno de ellos gritó “¡Viva Cuba!” antes de ser alcanzado por un dron. Pero incluso si la escena fuera real, confirma precisamente aquello que el régimen se empeñó en negar durante años: que Cuba tenía oficiales operando en el corazón mismo de la seguridad presidencial venezolana.










