¿Sabías que el cañonazo de las 9 estuvo tres años completos sin dispararse? Aquí te contamos el curioso motivo

Todas las noches, puntualmente a las nueve, La Habana se sacude con un sonido que ya es parte de su ADN: el famoso cañonazo de las nueve. Tan preciso es, que más de uno todavía ajusta el reloj con ese estruendo que sale desde la fortaleza de San Carlos de La Cabaña.

Pero esto no empezó como espectáculo turístico ni tradición pintoresca. Su origen es mucho más serio… y colonial.

En pleno siglo XVIII, cuando La Habana estaba rodeada de murallas, el disparo era una señal clara: había que recogerse. A las ocho de la noche se cerraban las puertas de la ciudad para protegerla de piratas y corsarios, y al amanecer se volvían a abrir. Con el tiempo, el horario cambió a las nueve… pero el ritual se quedó.

Las murallas desaparecieron, la ciudad creció… pero el cañonazo siguió ahí, como si nada hubiera cambiado.

A lo largo de los años, esta tradición ha acumulado historias curiosas. Una de las más comentadas ocurrió en 1902, cuando el disparo se retrasó media hora. El alboroto fue tal que todavía se recuerda, aunque nadie sabe exactamente qué pasó esa noche.

Hubo incluso un momento en que el cañonazo dejó de sonar. En 1942, en plena Segunda Guerra Mundial, se suspendió por el gasto de pólvora. Pero tres años después, volvió como si fuera imprescindible… y desde entonces no ha parado.

Hoy, el cañonazo se vende como parte del encanto de La Habana. Turistas llegan, cámaras en mano, a ver una ceremonia que parece congelada en el tiempo. Soldados vestidos a la antigua, protocolo impecable y el disparo final.

Pero hay algo que no se dice mucho.

Mientras el cañonazo sigue marcando las noches, la ciudad que lo rodea vive otra realidad. Apagones, escasez y una vida cotidiana que no tiene nada de espectáculo.