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	<title>Mafia en Cuba &#8211; Cubacute</title>
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		<title>Lansky en Cuba: lujo, apuestas… y un país convertido en negocio</title>
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		<pubDate>Wed, 22 Apr 2026 12:00:00 +0000</pubDate>
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<p>Cuando se habla de mafia en Cuba, hay un nombre que no falla en la memoria de los que vivieron aquella época: <strong>Meyer Lansky</strong>. A mediados de los años 50, este personaje no solo visitaba la isla como turista de lujo, sino que prácticamente <strong>movía los hilos del negocio del juego en La Habana</strong>, metiendo dinero, contactos y estrategia para levantar casinos por toda la ciudad.</p>



<p>Y ojo, porque no era cualquier cosa. Lansky fue clave en convertir a Cuba en un <strong>centro de apuestas y entretenimiento al estilo Las Vegas</strong>, justo antes de que todo cambiara con la llegada del régimen. Mientras el país vivía entre brillo y desigualdad, <strong>la mafia hacía su agosto sin mucho estrés</strong>.</p>



<p>Hablar de esa etapa sin mencionar a Lansky es como contar un dominó sin fichas. Su influencia se sintió fuerte en hoteles emblemáticos como el Nacional, el Capri y el Riviera. Allí, entre luces, música y dinero fácil, <strong>se cocinaba un negocio millonario que tenía más de sombra que de glamour</strong>.</p>



<p>El Hotel Nacional, por ejemplo, no solo era lujo puro, también fue escenario de una reunión histórica en 1946 donde los grandes capos de la mafia estadounidense se sentaron a dividirse el negocio como si fuera un cake de cumpleaños. <strong>Así, sin pena ni gloria, se repartieron territorios y poder</strong>.</p>



<p>Ya para 1955, el hotel amplió su estructura y abrió un casino bajo el nombre de Wilbur Clark. Aquello era puro espectáculo: mesas, ruletas, tragamonedas y una clientela que salía directamente del cabaret El Parisien. Todo bajo la supervisión de la gente de Lansky, que no dejaba nada al azar.</p>



<p>A solo una cuadra, el Hotel Capri también se sumaba al juego. Aunque oficialmente el casino estaba vinculado a otros nombres, la sombra de Lansky seguía ahí. Su hermano estaba metido en la operación, lo que dejaba claro que <strong>el control real no siempre coincidía con el papel firmado</strong>.</p>



<p>El Capri tenía su propio gancho: el actor George Raft recibiendo a los clientes como si aquello fuera Hollywood. Música en vivo, fichas gratis y ambiente de lujo. Todo diseñado para que el dinero corriera… y corría, vaya si corría.</p>



<p>Pero si hubo una joya en ese imperio, fue el Hotel Riviera. Ahí Lansky apostó fuerte, buscando ganancias grandes y rápidas. El casino era enorme, lleno de máquinas y mesas, y hasta el sonido de las fichas estaba pensado para atraer más jugadores. <strong>Un negocio afinado al detalle, donde cada ruido era parte del juego</strong>.</p>



<p>Detrás de todo ese brillo, lo que había era una realidad incómoda: <strong>Cuba convertida en tablero de intereses ajenos</strong>, donde el dinero extranjero y la mafia encontraban terreno fértil. Un país que, mientras unos celebraban, otros simplemente miraban desde afuera.</p>



<p>Y como dicen en buen cubano: aquello estaba “bueno pa’ unos pocos… y malo pa’ la mayoría”.</p>
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