Nélida Portieles, una cubana que vive de hacer cajas de muertos

El ruido estridente de la sierra llamó de inmediato mi atención. En el interior de la inmensa nave, otros sonidos retumban en mis oídos: de un lado los carpinteros que cortan la madera o el cartón hasta convertirlos en listones; del otro, el golpe del martillo, que clava las puntillas sobre el naciente ataúd. Por instantes sentí escalofríos, al ver los sarcófagos colocados sobre el suelo.

Al final del local, perteneciente a la Empresa de Producciones Varias en Sancti Spíritus, está ella, de pie, rasgando la tela gris con sus manos fuertes y marcadas por el tiempo. Con el martillo de imán fija decenas de puntillas en el lienzo que recubre el ataúd. Su destreza es notoria: en solo 40 minutos lo da por terminado, el día recién comienza y Nélida Portieles labora en la segunda caja.

Su piel oscura disimula las arrugas, y sus ojos negros, además de firmeza, reflejan el cansancio acumulado durante 35 años en la misma actividad. “Yo soy una madrugadora—dice—, toda la vida llego a la fábrica antes de las seis y media de la mañana, y enseguida me pongo a vestir, así prefiero nombrar lo que hago.

“Periodista tú sabes cómo es la cosa, mi primer día de trabajo fue muy difícil. Llegaba a un lugar nuevo y era extraño para mí ver tantas cajas de muertos, sinceramente, más que nerviosa, estaba impresionada, asustada”.

Con destreza y sabiduría Nélida viste el sarcófago.

¿Cómo llega a este centro?

Por mediación de una prima. Al principio era auxiliar de limpieza y al año me incorporé a la producción. En un día tapizo cuatro y en ocasiones más; porque abastecemos la provincia completa. Cada cual tiene su propio estilo. Las cajas que yo preparo las reconozco en cualquier funeraria, es como imprimirle un sello único y a veces hasta identifico las de mis compañeras.

Muchos califican este oficio como lo peor, sin embargo, es un trabajo limpio, bien pagado, al que con el tiempo hasta cariño le coges. Mientras forro ataúdes no pienso que los estoy preparando para el reposo final de una persona o quizás hasta el mío, de lo contrario no pudiera clavar ni una puntilla.

¿Qué le resulta más complejo en esta labor?

A lo que nunca me acostumbro y siempre va a ser sumamente doloroso es a vestir cajas para niños, esas se forran de blanco. Me resulta imposible esconder el llanto y no sentirme mal. En ese instante sí pienso en el pequeño que apenas conoce la vida, no puedo evitar el malestar.

También vivo momentos incómodos cuando pienso en mi familia. Una mañana llegó a esta fábrica un hombre con un saco a cuestas, se veía pesado, pensábamos que era un loco, pero solo tenía el alma destrozada por la proximidad de la muerte de su hermana. Traía una tela amarilla hermosa, que ella había pedido a sus parientes en el extranjero para que hicieran su ataúd. Estuvo parado a mi lado, llorando sin consuelo hasta que terminé de vestirlo, ese día sí estuve mal, a las pocas horas la mujer falleció.

Por más de tres décadas han desarrollado la misma actividad.

¿Cómo se siente entre sus compañeros?

Son todos muy respetuosos y comprensivos, a pesar de que hay muchos jóvenes que hemos enseñado aquí, pero la más querida para mí es Violeta Ortiz, con la cual trabajo hace más de 30 años; ella es quien más me comprende, juntas vivimos muchas experiencias, buenas y malas, no hay ninguna anécdota en la que no estemos presente.

¿Algún recuerdo imborrable?

Con nosotras trabajó una señora ya mayor, que era un amor de persona, se retiró con el dolor de su alma y al mes le detectaron un cáncer que acabó con su vida en pocos días. Le hicimos su caja y la vestimos de blanco, con la tristeza escondida en el corazón.

En todos estos años hemos visto el llanto y el dolor de muchos, nos ha tocado trabajar de noche forrando ataúdes para personas obesas, hasta lograr hacer el correcto y cumplir con la familia, pero creo que lo vivido aquí, nos enseñó a ver y enfrentar la vida de una forma diferente.

¿Ha pensado en jubilarse?

No hija, ni tan siquiera lo he analizado, aquí he sentido miedos, angustias y enfrentado hasta ciclones haciendo ataúdes con machetes, por no haber corriente eléctrica para la sierra; pero sigo en lo mismo. Mis hijos me piden todos los días que descanse, pero yo les digo que soy mayor de edad, hago lo que quiera y si me retiro, me muero.

Con información de Islalocal


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