miércoles, octubre 27, 2021
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¿Es Cuba un almacén para viejos?

Ante el grave y reconocido envejecimiento poblacional que existe en Cuba, y pese a no ser reconocidos verdaderamente por las legislaciones vigentes del país, los servicios privados de cuidado de ancianos se han vuelto increíblemente populares, al igual que la venta de productos especializados para ese público.

Expertos en el tema han estimado que la población cubana mayor de 60 años sobrepasará el 26% del total en una década, por lo que los requerimientos de estas personas de la tercera edad perjudicarán en gran medida la capacidad financiera y de gestión de las entidades de Salud Pública (el que cuenta con un decadente número de 150 geriatras en el país), seguridad social y la red de hogares de ancianos estales del país (la que solo cuenta con 126 asilos y menos de 10.000 capacidades).

Por supuesto, cada vez sube más la cifra de familias que se ven obligadas a encargar el cuidado de sus abuelos a instituciones estatales o religiosas, pues a esto se suman innumerables situaciones de crisis que han sido causadas o derivadas de este problema, como la crisis económica (que hace que las familias no puedan soportar económicamente las exigencias de sus mayores) y el severo déficit habitacional (que obliga a los núcleos a permanecer hacinados en espacios poco adecuados para la convivencia).

Cary, una emprendedora que ejerce como cuidadora de ancianos, aseguró que no quería internar a su padre de casi 90 años en un asilo luego de que este enfermó, así que se dedicó a su cuidado a tiempo completo. Se percató entonces que sería un buen negocio encargarse de otras personas mayores, así que ahora posee una próspera ocupación en la que ofrece servicio de desayuno, almuerzo, comida y algunas meriandas a sus clientes.

Cary anuncia las plazas en su afable asilo particular en Internet, apuntando que el servicio cuesta 1750 CUP mensuales como mínimo, donde también se ofrecen servicios de peluquería, barbería, pedicura, e incluso pueden permanecer internados de lunes a viernes, siempre con cariño, amabilidad, cercanía y familiaridad.

No obstante, como este tipo de negocios deben permanecer al margen de la ley, el asilo de Cary no tiene cartel ni es publicitado libremente; los clientes solo pueden llegar por recomendación.

El principal problema es que Cary necesita la licencia de “cuidador de enfermos, personas con discapacidad y ancianos” con varios permisos adicionales (como el de expendedor de alimento y el de arrendador de habitaciones) para poder llevar a cabo este ejercicio de forma legal, pero pagar las 3 licencias redundaría en una irrentabilidad inmediata del negocio.

Como ya ha tenido problemas con la policía, ahora justifica su labor diciendo a los vecinos que está cuidando “a unos hermanos y primos” de su padre.

Pese a que los altos precios son algo a considerar, estas iniciativas son muy populares dado que los asilos estatales ofrecen muy escasas capacidades y sus instalaciones presentan una notable deterioro. El acceso a una plaza en uno de estos sitios oficiales se torna un proceso complicado, debido a que se necesita de un médico de familia y una remisión de este a un trabajador social, por lo que todo el dictamen puede llevarse años. Incluso pagando para acelerar la dinámica burocrática, se debe esperar por que aparezca algún espacio disponible en un local.

El Período Especial significó para los asilos de ancianos un gran golpe, como para todo el resto de las esferas de la sociedad. El Estado se vio obligado a a involucrar a la Iglesia católica para que se hiciera cargo de parte del cuidado y las labores higiénicas. Actualmente, muchos hogares para personas de la tercera edad son amparados casi completamente por congregaciones religiosas, como las Hijas de la Caridad, las Siervas de los Hermanos Desamparados, los Hermanos de San Juan de Dios y las Siervas de San José, razón por la cual aún existen y se mantienen en funcionamiento.

La labor de cuidador se ancianos se ha convertido en un trabajo por cuenta propia muy bien acogido. Hay quienes hacen reestructuraciones a sus viviendas particulares para acomodar una cama de hospital, puertas ensanchadas para hacer pasar sillas de ruedas, y accesorios de apoyo instalados en baños. De poco en poco, y sin que de puertas para afuera se entere la gente, las casas se convierten en asilos privados.

Los precios rondan los 2000 pesos cubanos, y entre los servicios se disponen fisioterapia, ejercicios físicos y hasta excursiones los sábados laborables.

Angélica, una enfermera retirada que entró en el negocio, comentó que la responsabilidad es mucha, y hasta que algunos familiares exigen comodidades de primer mundo para sus abuelos. También afirmó que ella siempre está, en la medida de lo posible, con los ancianos que se encuentran a punto de morir, acompañándolos en su agonía, leyéndoles, tomándoles la mano, todo para que no se sientan solos en ese momento.

Con mucha alegría y esperanza, Angélica dijo que, si sus hijos deciden seguir con el negocio, ella quiere quedarse ahí, en vez de ir a parar a uno de esos “almacenes de viejos” que tiene el Estado.


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