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Los cubanos se han resignado a no comer pescado a pesar de vivir en una isla rodeada de mar

Miguel no cata el pescado hace años. Con su pensión de jubilado de 1.500 CUP no puede ni pensar en comprar siquiera una lata de atún, que cuesta entre 1.60 y 1.80 USD en las tiendas que operan en Moneda Libremente Convertible, pero es que tampoco puede pensar en jurel o sardina porque también son muy caros para sus ingresos.

Este anciano ya ni se martiriza con la idea de adquirir pescado congelado y mucho menos fresco. Pasa por un “Mercomar”, uno de esos establecimientos de la red minorista de comercio estatal que no venden productos del mar hace tanto tiempo que ya uno ni se acuerda.

Esos son los puntos de venta donde se hallan las dudosas croquetas de subproductos y muchas clarias, esa plaga de pez gato proveniente de Asia que ha logrado exterminar numerosas especies autóctonas cubanas.

Estos alimentos no tienen ni comparación con la cantidad de pargos, chernas y mariscos que habitan en las costas de la isla y que solo se pescan para el consumo del turista y de los altos cargos del país, y también para la exportación.

Es increíble pensar que en Cuba los alimentos del mar son un lujo y una rareza, una afirmación paradójica, pero un hecho al fin y al cabo.

El Gobierno cubano logró desde tempranos momentos hacerse con la industria pesquera nacional y prohibir la pesca y libre comercialización de muchas especies con tal de crear un monopolio.

Aquella famosa y exitosa Flota Cubana de Pesca de las décadas del 70 y del 80 desapareció luego del «Período Especial». Los tiempos de razonable abundancia y precios de pescados en el mercado del barrio habían acabado.

La veintena de buques fue convertida en chatarra en la culminación de esa década y nunca más la industria pesquera ha levantado cabeza.

La carencia y la censura propiciaron una red ilícita inmensa, de la cual se abastecen los negocios privados, la gente de a pie y los mismos funcionarios que persiguen las ilegalidades.

Todo el mundo se hace de la vista gorda y acepta la corrupción porque no queda otro remedio, a no ser que quieran ir a pescar al Malecón como hacen cientos de cubanos en busca de sostén económico y alimento.

Todo esto pasa, pero las cifras oficiales indican una situación que contradice a la realidad, pues la Oficina Nacional de Estadísticas e Información publicó datos que muestran que las exportaciones de los productos de la pesca nunca se redujeron a 0 ni en los peores tiempos. De hecho, estos evidencian que la producción pesquera para la exportación ha crecido.

Desde 2006 hasta la actualidad, se ha reportado la exportación de miles de millones de toneladas de estos productos con ganacias promedio anuales de 100 millones de CUP.

No obstante, el volumen de las importaciones en este sector ha disminuido notablemente desde el año 2008.

Los comercios minoristas muestran un desabastecimiento atroz (y ahora no es solo de pescado, sino general) y los mayoristas estatales reportan abastos de mucho más del doble de los de los minoristas. Cabe resaltar que a la red mayorista de comercio no puede acceder el público ni los trabajadores del sector privado.

El Gobierno, a pesar de las muchas ventajas que significaría dar libertades a los trabajadores que quieran emprender un negocio de pesca y comercialización de productos del mar, continúa anclado en la idea de controlar rigurosamente la industria pesquera.

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