El Cementerio Chino de La Habana se cae a pedazos como todo lo que lo rodea

Redacción

El Cementerio Chino de La Habana se cae a pedazos como todo lo que lo rodea

La Isla de Cuba es pequeñísima comparada con el extenso territorio chino del que vinieron en junio de 1847 los culíes contratados con el objetivo de sustituir, poco a poco, la fuerza de trabajo de los esclavos africanos.

Dos procesos inmigratorios durante el siglo XIX y un tercero en las primeras décadas del XX, hicieron que Cuba deviniera en punto del asentamiento de la mayor colonia china en América.

El inmigrante chino se adaptó al contexto sociocultural cubano en condiciones muy adversas y desiguales para él; pero a pesar de ello pudo reconstruir una parte de sus tradiciones culturales a través de su capacidad asociativa, razón de la abundante proliferación de asociaciones chinas desde finales del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX, y junto a ello su infraestructura social: cementerio, farmacia, teatros, hogar de ancianos, bancos, periódicos y otros.

El lugar ocupa la manzana delimitada por las calles 26, 28, 31 y 33, en el barrio de Nuevo Vedado

Han pasado varias generaciones desde la llegada de los primeros chinos y en 1980 sólo quedaban unos cuatro mil, oriundos de diferentes distritos de Cantón, la mayoría ancianos, ya en la actualidad quedan unos cuatrocientos en todo el país.

Sus elementos funerarios, cementerio y rituales fúnebres, ocuparon un lugar importante en el desarrollo de su cultura.

El Cementerio Chino, vinculado estrechamente al asentamiento y desarrollo de la colonia china en La Habana fue construido por el arquitecto cubano Isidro A. Rivas.

Los primeros enterramientos chinos se hicieron en el cementerio de los ingleses, en el Vedado, luego en el cementerio de Colón. Y no es hasta el 11 de diciembre de 1882 que el primer Cónsul General chino en La Habana, el Señor Liu Lia Yuan, inició las gestiones oficiales para la construcción de un cementerio chino.

Tienen derecho al camposanto los naturales de China, así como sus cónyuges y descendientes hasta la segunda generación.

Para lograrlo se basó en las condiciones concedidas a otras colonias extranjeras establecidas en China y la reciprocidad concedida por otros países en los que existían grandes colonias chinas.

Ante esa pretensión la Iglesia Católica interpuso numerosos obstáculos ante el permiso oficial, el cual sólo se logró 11 años después, el 20 de mayo de 1893.

La edificación, el terreno y las vías de acceso hicieron que tuviera un costo de 23 mil 700 pesos. El terreno era propiedad de Don Federico Kohly, fue valorado en 8 mil 100 pesos y su superficie era de 9 mil metros cuadrados. En el predio anterior de donde reposan los difuntos, construyeron un portón al estilo de las pagodas orientales que le añade un tono decorativo muy especial.

Caminado por él notamos la coexistencia de signos chinos y cruces cristianas.
Caminado por él notamos la coexistencia de signos chinos y cruces cristianas.

Este cementerio se fundó aproximadamente en octubre de 1893, fecha en que se realizó la primera inhumación (27 de octubre de 1893), y en ese mismo año se imprimió el reglamento del cementerio de la colonia china de Cuba, según consta en archivos.

Se sabe que los cementerios son sitios de reposo y meditación; no obstante, lo peculiar del cementerio chino es su historia y ello despierta curiosidad en los visitantes.

En la actualidad, el cementerio ocupa una superficie de 8 mil 198 m2, distribuidos en cuatro cuadros irregulares, resultado del corte de dos ejes en cruz que regentan el trazado básico original de la planta. Dichos cuadros representan el cielo, la tierra, el mundo de los vivos, y el mundo de los muertos.

Encontramos nichos y tumbas individuales, además de lujosos panteones erigidos por sociedades de migrantes llamadas “casinos”

Sobre la planta alternan obeliscos, capillas, nichos, bóvedas y falsas bóvedas, en su mayoría conocidas como muritos chinos. En las fosas excavadas en la tierra coexisten conjuntamente los enterramientos.

Allí se observan los mausoleos de las distintas sociedades así como de la Logia Masónica China.

Se destaca entre los monumentos funerarios una escultura de San Fancón, vivo ejemplo del proceso de la transculturación religiosa china con la cultura cubana que contribuyó al enriquecimiento del imaginario de la colonia china y del pueblo cubano.

Solamente tienen derecho de enterramiento los nacionales chinos, sus cónyuges y sus descendientes hasta la segunda generación, los fallecidos son colocados en los nichos del Casino o en propiedades particulares, las capillas, propiedades de las instituciones privadas, que sólo son utilizadas como osarios.

Hay quien dice que este es el sitio de enterramiento chino mas grande fuera de aquel país.

El difunto, al ser enterrado en las fosas de tierra, dispone mediante testamento el tipo de plantas que quiere en su sepultura y el modo de sembrarlas; puede ser sembrada alrededor o sobre el montículo de tierra que cubre sus restos. Las imágenes de leones que ornamentan algunos elementos funerales dicen ellos que se colocan para espantar a los malos espíritus.

La disposición simbólica de las plantas y su cuidado, durante su crecimiento, es un ritual que representa la elevación del alma y la salud del espíritu del difunto y de sus familiares vivos, aunque por voluntad del fallecido al año de entierro estas pueden ser cortadas.

Hay también pequeños obeliscos con inscripciones en chino, reseñando el entierro de algunos chinos importantes dentro de la colonia.

En chapas metálicas, se leen los nombres de las principales familias asiáticas en Cuba, sus estatus y fechas de residencia en la isla.

Para las fiestas propias del calendario lunar y las celebraciones cristianas de los fieles difuntos, existe la costumbre de quemar incienso, sándalo, dinero falso y hacerles ofrendas de alimentos a sus difuntos.

El arte funerario de los descendientes de la China milenaria dejó también su impronta en la cultura cubana, este singular cementerio es la muestra más fehaciente de ello.