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Las mafias de la gastronomía estatal en Cuba

Entre las instituciones más corruptas que existen en Cuba, Vivienda, Turismo y Comercio Interior, se disputan el primer puesto. Estas existen verdaderas mafias articuladas, que durante muchos años ha estado desviando recursos al crear una especie de tubería directa que alimenta el mercado negro en la Isla.

Cuando algún gerente o administrador de un café, centro nocturno o restaurante por detrás del telón no ingresa el dinero semanal pactado al director del municipio en que se encuentra enclavado el negocio, entra al juego una especie de maquinaria diabólica de coacción que provoca que comiencen a visitarlo cuadrillas de inspectores para supervisar le local.

En caso de tener una pizzería, el director de gastronomía mueve fichas para que no puedas conseguir puré de tomate o queso. Además, no escampan las inspecciones sanitarias y auditorías y al menor fallo, el lugar se cierra. Todo funciona como una fuerte cadena de amenazas y corrupciones. Si pagas puede hacer, si no, atente a las consecuencias.

Durante décadas han vivido de los trucajes financieros, del desvío de recursos y del robo, fundamentalmente de alimentos. Estos pinchos gordos, viven muy por encima de sus posibilidades.

Un director municipal de gastronomía devenga un salario real que no supera los 10.000 y tantos pesos, pero debajo del colchón, guardan miles de pesos más.

La totalidad del dinero recaudado por estos intachables directivos no va a parar a sus bolsillos. Si se mojan, es cierto, pero tiene que salpicar a otros cuadros dirigentes tanto de abajo como de arriba, para de estar forma mantener las bocas cerradas y poder seguir lucrando a sus anchas.

Con los cientos de miles de pesos que roban, pueden comprar o construir varias casas, poseer dos o tres autos, tener tantas amantes como deseen y llenar las neveras de sus casas (y la de sus amantes) de cuando comestible o bebestible quieran.

Por si fuera poco, es a estos directivos a quienes se le otorgan los bonos de estímulo para irse de vacaciones a la playa o centros turísticos. Además, son merecedores de incontables reconocimientos por su “intachable labor”.

Esto jefes de carteles gastronómicos funcionan como una maquinaria bien engrasada a lo largo y ancho del país. Y no solo en bares, restaurantes y cafeterías en moneda nacional. También sus tentáculos se extienden al sector que opera en dólares, donde esta mafia burocrática ha llegado a estructurar un mecanismo tan eficiente de corrupción, que funciona como el mejor de los relojes suizos.

Un gerente o administrado de un centro que opere en dólares, busca el triple o más dinero que su homólogo en moneda nacional. No obstante, en estos sitios los controles son mucho más rigurosos, ya que el Estado se asegura que no le roben y los directivos de que no le escondan lo que realmente están ganado.

Aun con toda esta serie de obstáculos a sortear, los administradores o gerentes logran sacar sus buenas tajadas y comprarse todo cuanto les venga en gana. Si bien es cierto que la impunidad total que existía en los años 90 ya no está, ellos siguen viviendo a toda leche y colándose por el hueco de una aguja con tal de darse sus “pequeños gustos”.

Dentro de los grupos gastronómicos que operan en ambas monedas, existe un código de silencio parecido a la omertá al más puro estilo de las familias mafiosas sicilianas.

Esa maraña con pinceladas mafiosas ha traído como consecuencia que el robo en el sector gastronómico estatal funcione a las mil maravillas. El gerente truquea las ventas, el encargado del almacén entrega menos insumos de los necesarios para la elaboración de los distintos alimentos, el cocinero le pone lo que entiende a los productos y… el cubano de pie, es quien paga los platos rotos y los efectos de estas mafias de la gastronomía estatal.

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