El 1ro de septiembre comenzará el nuevo curso escolar en Cuba, pero lejos de ser motivo de alegría, será el retrato perfecto de la precariedad que agobia a miles de familias. Niños que deberán compartir una libreta entre dos asignaturas se han convertido en el símbolo de un sistema educativo desbordado por la miseria y el abandono.
En la última Mesa Redonda, la ministra de Educación, Naima Trujillo, tuvo que reconocer lo que ya es imposible ocultar: la llamada “norma ajustada” recorta a la mitad la entrega de libretas. En la práctica, un niño de primaria contará con tres cuadernos para seis materias, mientras que en secundaria deberá dividirlos por la mitad. Y si la familia no puede pagar los 200 CUP que cuesta una libreta en el mercado negro, el estudiante tendrá que inventar cómo seguir las clases.
Uniformes: otra odisea para las familias
La situación con los uniformes escolares es igual de caótica. De los 3,6 millones de piezas necesarias, el régimen apenas logró producir 2,3 millones, priorizando solo a algunos grados. El resto de los estudiantes dependerá de uniformes heredados, remendados o comprados en el mercado negro, donde el precio puede superar los 5,000 pesos.
El propio Ministerio de Educación admitió que apenas el 20% de los estudiantes estrenará uniforme nuevo en septiembre. El resto deberá esperar a octubre, y con suerte, recibirá solo una pieza. En algunas escuelas ya se han visto escenas absurdas, como niñas de primaria recibiendo uniformes talla 20, diseñados para adolescentes.
Escuelas en ruinas y promesas vacías
Aunque el gobierno alardea de haber reparado 816 instituciones educativas, la realidad es que la mayoría de las aulas abrirán con techos filtrados, ventanas rotas y pupitres deteriorados. Desde 2018 no se repone mobiliario escolar, y en algunos círculos infantiles los niños tendrán que sentarse en el piso.
Por si fuera poco, la promesa de instalar 150,000 tubos de luz fría llegará tarde. Miles de estudiantes comenzarán el curso en aulas mal iluminadas o casi a oscuras.
Mientras tanto, el gobierno anuncia como gran logro la entrega de nuevos libros, pero solo para los grados segundo, cuarto y octavo. El resto deberá seguir estudiando con textos viejos o, con suerte, acceder a copias digitales en un país donde conectarse a internet sigue siendo un lujo.
Un acto de resistencia, no de celebración
El inicio del curso escolar debería ser una fiesta para niños y familias, pero en Cuba se ha convertido en un acto de resistencia. Los padres deben resolver cuadernos, pagar uniformes en el mercado negro, improvisar pupitres y rezar para que no llueva en las aulas con techos rotos.
Más que un logro, el arranque del curso 2025-2026 deja en evidencia la incapacidad del régimen para garantizar lo más elemental. Hoy estudiar en Cuba exige la misma creatividad, sacrificio y lucha diaria que sobrevivir.