En Cuba, celebrar los 15 años de una muchacha ha sido siempre una tradición cargada de emoción, glamour y mucho sacrificio. Pero hoy, esa ilusión se ha ido desinflando frente a la realidad económica. Marta Pérez, vecina de Holguín, lo dice con tristeza: “Los 15 de mi nieta son el año que viene y no quiere fiesta. Ella sabe que no estamos bien de dinero y prefiere algo sencillo. Hasta la alegría de las quinceañeras se ha perdido en este país”.
Y es que la fiesta de 15, que para muchos padres representa un compromiso desde el mismo nacimiento de la hija, se ha convertido en una especie de “sueño imposible”. Para Lázaro Díaz, es un deber de padre: “Ese día tiene que sentirse orgullosa. Yo tengo que hacerle la fiesta, cueste lo que cueste”.
Otros, como Mireya González, ven en la celebración una revancha personal. Ella no tuvo fiesta, solo dos vestidos y unos zapatos. Desde entonces se juró que, si tenía una hija, se sacrificaría para darle lo que a ella le faltó. Y es que más allá de la tradición, muchas veces los padres son los verdaderos creadores de la ilusión, como explica la psicóloga Ivette Vega: “Los padres siembran desde pequeños la idea de que los 15 son un día único”.
Pero los sueños cuestan, y en la Cuba de hoy cuestan demasiado. Los precios parecen de otro planeta: vestidos de 500 dólares, fotos de 800 y un banquete para 100 invitados que puede superar los 4.000. ¿El resultado? Familias enteras metidas en deudas o dependiendo de la famosa “Operación 15”: ayuda de parientes en el extranjero, trabajos informales del papá y hasta vender algún electrodoméstico para completar el dinero.
El holguinero Noel López lo vivió en carne propia: “Entre álbum, ropa y hotel gastamos más de 5.000 dólares”. Y la tía de otra quinceañera lo resume con crudeza: “Esa fiesta costó lo que yo no gano en tres años”. En un país donde, según el Food Monitor Program, se necesitan 10 salarios mínimos solo para comer decentemente, la pregunta es obvia: ¿vale la pena tanto gasto?
La realidad además divide: quienes tienen remesas hacen fiestas de lujo, y los que dependen solo de un salario estatal apenas logran algo modesto. Y como si fuera poco, organizar el banquete es casi una misión imposible: encontrar harina, carne o electricidad se convierte en otra odisea. Una madre confesó que hasta tuvo que alquilar una planta eléctrica para que la música no muriera en medio de un apagón.
Mientras tanto, las tiendas estatales ofrecen “paquetes” ridículos para fiestas: queso, salchichas y refresco concentrado. Un transeúnte lo dijo claro: “Eso es una burla. ¿Cómo le vas a celebrar los 15 a tu hija con eso?”.
Lo cierto es que muchas muchachas empiezan a pensar diferente. Como Yenifer Rodríguez, que cumplirá 15 pronto y tiene clarísimo lo que quiere: “¿Fiesta pa’ qué? Mejor gasto el dinero en ropa y zapatos, que duran más”.
Así, la fiesta que antes era símbolo de alegría y tradición, hoy refleja las desigualdades, las carencias y las prioridades de una nueva generación de cubanos.