En Cuba, sobrevivir es ya un trabajo extra, y nadie lo sabe mejor que Yampier Lázaro Pastor Marín, un hombre de 51 años que, después de cumplir su jornada en una empresa estatal, tiene que lanzarse a la calle a pedir limosnas para poder comer. Su frase lo resume todo: “Estoy hasta el cuello de vivir así”.
Todos los días, Yampier camina alrededor de un kilómetro para llegar hasta La Palma, en Arroyo Naranjo. Allí, frente a una mipyme llamada El Gustazo, se sienta con un recipiente en la mano, esperando que algún transeúnte solidario deje caer unas monedas. Esa es su segunda “jornada laboral”.
Su realidad es dolorosa: trabaja desde hace nueve años en una empresa estatal de papel y cartón, donde apenas gana 2.500 pesos cubanos al mes. Y con esa miseria, dice él mismo, no alcanza ni para un paquete de pollo en la tienda. Por eso, al terminar su horario, cambia el uniforme por la calle, donde lo que consiga de limosnas marca la diferencia entre cenar o acostarse con hambre.
La situación de Yampier se volvió aún más crítica en 2015, tras la muerte de su madre, quien era el verdadero sostén económico de su hogar. Intentó conseguir ayuda del Estado, pero cuando acudió a Bienestar Social, la comisión médica dictaminó que estaba “apto para trabajar”. ¿El detalle? Yampier fue diagnosticado con acondroplasia a los tres años, una condición que afecta su desarrollo óseo y lo obligó a pasar por múltiples operaciones.
Desde niño, su vida ha sido cuesta arriba: lo operaron de tobillos, vista, oídos, y hasta le implantaron cuñas de hueso en la planta de los pies para poder caminar. Aun así, la movilidad le sigue siendo limitada. Peor aún, la última vez que entró a un quirófano casi pierde la vida por una complicación con la anestesia. Desde entonces, los médicos le prohibieron someterse de nuevo a anestesia general.
Aprendió a caminar por sí solo recién a los seis años, y con muchas dificultades. Pero si algo lo sostiene hoy, en medio de tanta adversidad, es la fe y la esperanza de que su vida pueda mejorar. “Vivo con lo que se me pega por ahí, más lo que busco pidiendo. A veces me regalan un poco de arroz o de frijoles. Yo resuelvo como se pueda”, confiesa con resignación.
Su día a día es una batalla silenciosa contra la miseria. Entre un salario que no alcanza y la obligación de pedir limosnas para sobrevivir, Yampier refleja la tragedia de miles de cubanos que sienten que el sistema los dejó atrás. Su grito es claro y duele escucharlo: “Estoy hasta el cuello de vivir así”.