Una cubana que decidió hospedarse en el famoso Hotel Deauville, en pleno corazón de La Habana, terminó denunciando públicamente lo que muchos turistas temen encontrar: una plaga de chinches en la habitación. Su experiencia, lejos de ser una noche de descanso frente al Malecón, se convirtió en un verdadero calvario que ahora corre como pólvora en redes sociales, dejando en evidencia el estado deplorable de las instalaciones turísticas bajo control estatal.
La denunciante, conocida como Esperanzita DC, compartió un video en Instagram donde mostró los insectos arrastrándose por el colchón. Entre molesta e incrédula, confesó que al principio pensó que eran picaduras de mosquitos, hasta que la realidad se impuso. “No eran mosquitos, eran chinches”, dijo con rabia, mientras enseñaba con su celular los bichos que había logrado aplastar.
Una cubana que decidió hospedarse en el famoso Hotel Deauville, en pleno corazón de La Habana, terminó denunciando públicamente lo que muchos turistas temen encontrar: una plaga de chinches en la habitación. Su experiencia, lejos de ser una noche de descanso frente al Malecón, se convirtió en un verdadero calvario que ahora corre como pólvora en redes sociales, dejando en evidencia el estado deplorable de las instalaciones turísticas bajo control estatal.
La denunciante, conocida como Esperanzita DC, compartió un video en Instagram donde mostró los insectos arrastrándose por el colchón. Entre molesta e incrédula, confesó que al principio pensó que eran picaduras de mosquitos, hasta que la realidad se impuso. “No eran mosquitos, eran chinches”, dijo con rabia, mientras enseñaba con su celular los bichos que había logrado aplastar.
Con la indignación a flor de piel, soltó una pregunta que retumbó entre sus seguidores: “¿Cómo es posible que un hotel te venda una habitación con chinches?”. La respuesta es clara para cualquiera que conozca cómo funciona el régimen: promesas de lujo y “renovación turística”, pero detrás de la fachada todo es abandono y desidia.
El Deauville, ese edificio icónico de 14 pisos que reabrió en marzo del 2024 tras cuatro años cerrado, se vendió como una joya recuperada por la cadena estatal Gran Caribe. Solo habilitaron 100 habitaciones, asegurando un nivel superior de servicio. Pero la experiencia de esta huésped demuestra que, más allá de los discursos oficiales, la realidad turística de Cuba está marcada por la falta de higiene, el deterioro y la mentira propagandística.
Horas después del mal rato, Esperanzita contó que tuvo que lavar toda su ropa en agua caliente para evitar llevarse los insectos consigo, y confesó sentirse mal físicamente, con dolor de cabeza y migraña tras la pesadilla vivida. Aun así, reconoció que representantes del hotel la contactaron para “resolver el asunto”. En sus palabras: “Yo estoy en disposición de hablar con ellos. No me estoy negando, solo ha sido difícil coordinar. Pero quieren resolver esto, y yo también quiero solucionarlo”.
Este caso no es un hecho aislado, sino otro reflejo del desastre en el que el castrismo ha sumido al sector turístico. Un hotel que alguna vez fue símbolo de glamour en la capital cubana hoy carga con el peso del abandono, la improvisación y la incapacidad de un régimen que solo sabe maquillar ruinas para engañar a visitantes desprevenidos.
Con la indignación a flor de piel, soltó una pregunta que retumbó entre sus seguidores: “¿Cómo es posible que un hotel te venda una habitación con chinches?”. La respuesta es clara para cualquiera que conozca cómo funciona el régimen: promesas de lujo y “renovación turística”, pero detrás de la fachada todo es abandono y desidia.
El Deauville, ese edificio icónico de 14 pisos que reabrió en marzo del 2024 tras cuatro años cerrado, se vendió como una joya recuperada por la cadena estatal Gran Caribe. Solo habilitaron 100 habitaciones, asegurando un nivel superior de servicio. Pero la experiencia de esta huésped demuestra que, más allá de los discursos oficiales, la realidad turística de Cuba está marcada por la falta de higiene, el deterioro y la mentira propagandística.
Horas después del mal rato, Esperanzita contó que tuvo que lavar toda su ropa en agua caliente para evitar llevarse los insectos consigo, y confesó sentirse mal físicamente, con dolor de cabeza y migraña tras la pesadilla vivida. Aun así, reconoció que representantes del hotel la contactaron para “resolver el asunto”. En sus palabras: “Yo estoy en disposición de hablar con ellos. No me estoy negando, solo ha sido difícil coordinar. Pero quieren resolver esto, y yo también quiero solucionarlo”.
Este caso no es un hecho aislado, sino otro reflejo del desastre en el que el castrismo ha sumido al sector turístico. Un hotel que alguna vez fue símbolo de glamour en la capital cubana hoy carga con el peso del abandono, la improvisación y la incapacidad de un régimen que solo sabe maquillar ruinas para engañar a visitantes desprevenidos.