Cuba siempre se ha vendido como un país “blindado” frente a las drogas. Pero la realidad en las calles de La Habana es otra muy distinta: cada vez más jóvenes caen en las garras de las drogas sintéticas, esas que llaman “el químico” o “los papelitos”, y que ya son un verdadero dolor de cabeza para familias, barrios y hasta tribunales.
Este jueves, el Tribunal Supremo Popular dio un paso que demuestra la gravedad del asunto: aprobó un dictamen que endurece las sanciones penales para quienes porten, consuman o distribuyan estas sustancias. El documento, publicado en la Gaceta Oficial extraordinaria número 52, marca un antes y un después en cómo el Estado cubano quiere enfrentar esta crisis.
¿El motivo? Estos cannabinoides sintéticos imitan a la marihuana, pero son hasta cien veces más potentes. Los expertos lo tienen claro: incluso en dosis mínimas pueden provocar convulsiones, ataques cardíacos, psicosis e incluso insuficiencia orgánica múltiple.
Hasta ahora, para procesar a alguien bajo el artículo de “cantidades relativamente grandes” del Código Penal, había que demostrar que tenía más de 460 gramos de droga. Con este nuevo cambio, ya no hace falta llegar a esa cifra. Bastará con un análisis toxicológico que demuestre la peligrosidad de la sustancia, cuántas dosis podían derivarse y el daño potencial a la salud pública.
En la práctica, la tenencia ilícita de “el químico” será tratada con el mismo rigor que drogas como la cocaína: de uno a tres años de cárcel o multas de hasta mil cuotas. Y si hablamos de tráfico, las condenas pueden superar los 20 años de prisión.
Pero más allá de las leyes y las cifras, lo más duro está en la vida real. Una joven cubana estremeció las redes mostrando cómo su rostro había quedado marcado por el consumo de esta sustancia. También se viralizó la historia de una modelo que luchaba por salir de la adicción, recibiendo más apoyo de la gente en internet que de las propias instituciones.
En barrios como Centro Habana, Playa y La Habana Vieja, los operativos policiales han destapado un fenómeno escalofriante: familias enteras involucradas en la venta de estas drogas. El “químico” se comercializa en pequeños papeles impregnados de spray, baratos y fáciles de conseguir, lo que lo convierte en la opción preferida para muchos jóvenes en medio de la crisis.
Y mientras la policía trata de contener el problema dentro, el narcotráfico busca mil formas para introducir droga a la isla. En las últimas semanas se ha decomisado cocaína escondida en toallitas húmedas, latas de atún, motores de agua, muñecos de Eleguá, gominolas y hasta en cajetillas de cigarros. Aun así, el discurso oficial insiste en que Cuba mantiene su política de “tolerancia cero”.
La cruda realidad es que la droga avanza más rápido que las medidas estatales. En las calles se respira el miedo, en las redes circulan testimonios sin filtros y en los tribunales se dictan condenas ejemplarizantes. Pero en el fondo, este fenómeno no es solo jurídico, sino social: una Cuba golpeada por la crisis, donde la desesperanza abre el camino a las drogas.