En Cuba, hasta la música viene con polémica incluida. El encargado de cerrar oficialmente la temporada de verano no es cualquier reguetonero, sino Juan Guillermo Almeida (JG), hijo del fallecido comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque. Sí, el apellido pesa, y mucho.
Según la programación compartida en su perfil de Facebook, JG arrancó su cierre de verano el pasado 29 de agosto en la localidad guantanamera de El Salvador, siguió este sábado en la plaza Pedro A. Pérez, y cerrará el 31 de agosto en la plaza Juan Delgado de Bejucal, Mayabeque. Todo bien organizado dentro del paquete de actividades culturales que las autoridades preparan para despedir la temporada.
El anuncio, sin embargo, no llega en terreno neutro. Hace rato que los conciertos de artistas urbanos en eventos oficiales generan debate dentro y fuera de la isla. El ejemplo más reciente fue en julio, cuando JG compartió escenario en Santiago de Cuba con Dany Ome y Kevincito El 13, justo en las festividades del 26 de Julio. Y ahí fue cuando se armó el avispero: la mezcla de música urbana con una conmemoración tan política cayó como pólvora entre los críticos.
La polémica fue tan fuerte que Dany Ome y Kevincito decidieron mover ficha y reprogramar su presentación para el 27 de julio, en el famoso “Rumbón Mayor” de la Alameda. El gesto fue leído como un intento de despegarse del tinte oficialista del evento. El periodista Yosmany Mayeta lo describió con toda claridad: una jugada para evitar ser “usados como carnada artística del comunismo caribeño”.
Aun así, el daño ya estaba hecho. Desde Miami, la diáspora cubana los criticó durísimo por aceptar presentaciones avaladas por el régimen, y más aún en un contexto de crisis económica, apagones y desabastecimiento.
Ahora, con JG como figura principal del cierre del verano, el gobierno vuelve a dejar claro que apuesta por artistas vinculados al poder para sus celebraciones masivas. La estrategia cultural oficial no cambia: mientras los cubanos lidian con colas infinitas, falta de medicinas y cortes de luz que parecen eternos, la música se usa como un bálsamo (o una cortina de humo) para distraer del descontento social.
¿Funcionará esta vez? Para muchos, estas fiestas son puro maquillaje. Una manera de poner reguetón bien alto para que la gente olvide —aunque sea por unas horas— que el país sigue en crisis.