Bajo fuerte vigilancia militar y un gran despliegue de seguridad arrancó juicio en contra de Alejandro Gil en La Habana

Redacción

El juicio contra Alejandro Gil Fernández, exministro de Economía y Planificación de Cuba, arrancó este martes 11 de noviembre de 2025 en una sala del tribunal militar de Marianao, bajo un despliegue de seguridad sin precedentes y un silencio absoluto impuesto por el régimen.

Según reportó CubaNet, el proceso se desarrolla en la sede judicial de 100 y 35, en La Habana, donde agentes de la Seguridad del Estado —muchos vestidos de civil— han cerrado calles, bloqueado accesos y prohibido la circulación peatonal. Negocios, cafeterías y hasta una escuela cercana amanecieron cerrados, como si se tratara de una zona en guerra.

El régimen justificó el juicio a puerta cerrada alegando “razones de seguridad nacional”. Solo pueden entrar las partes autorizadas, mientras que la prensa independiente y el público tienen prohibido acercarse. En los alrededores se observan vehículos oficiales, escoltas motorizadas y reporteros extranjeros retenidos a distancia. “El control del área es total”, dijo un periodista desde el lugar.

Gil Fernández enfrenta acusaciones que van desde espionaje hasta lavado de activos, pasando por malversación, cohecho, evasión fiscal y falsificación de documentos públicos. La Fiscalía pide cadena perpetua, además de 30 años adicionales en otro expediente que involucra a más de veinte imputados.

Su caída fue tan fulminante como simbólica: de ser el rostro económico del castrismo a convertirse en el enemigo público número uno del régimen.

Un juicio que revela miedo y fractura

Analistas coinciden en que este juicio marca un precedente inédito en la historia reciente de Cuba: es la primera vez que un exministro enfrenta cargos de espionaje ante un tribunal militar. El secretismo con que se maneja el caso deja al descubierto las grietas dentro del poder y la falta total de transparencia judicial.

Gil fue destituido en febrero de 2024, en pleno colapso de la economía, con apagones, inflación y el fracaso total de la “Tarea Ordenamiento”, proyecto que él mismo defendió ante las cámaras con un optimismo que hoy suena grotesco.

La familia denuncia manipulación y silencio

Desde que se anunció la fecha del juicio, la familia de Alejandro Gil ha denunciado una manipulación total del proceso. Su hija, Laura María Gil, aseguró que se enteraron por el noticiero del mediodía: “No teníamos ni idea, nos enteramos porque mi abuela lo vio en la televisión”, contó.

La joven denunció además que su cuenta de WhatsApp fue restringida justo después del anuncio, lo que alimenta las sospechas de vigilancia y censura directa. “A mí nada me cambia la idea de que espía no es”, insistió, reafirmando la inocencia de su padre.

Desde España, María Victoria Gil Fernández, hermana del exministro, fue más dura. Dijo que el régimen intenta “callar verdades incómodas” y que el proceso “nunca debió hacerse a puerta cerrada”. Aseguró que Alejandro niega todas las acusaciones y que la familia no ha tenido acceso al expediente ni al resto de los implicados.

René González rompe el guion oficial

Una sorpresa mayúscula llegó de parte del exespía cubano René González, miembro de la Red Avispa, quien pidió abiertamente que el juicio fuera “público y transparente”. “No estamos en condiciones de pedir a la gente que crea por fe”, escribió en sus redes, en una clara crítica al secretismo del proceso.

Aunque el exagente se cuidó de no atacar directamente al sistema, su mensaje fue un golpe simbólico al discurso oficial. Cuando alguien como René González —un histórico leal al castrismo— habla de transparencia, algo está muy podrido dentro del régimen.

Un caso que desnuda la descomposición del poder

El juicio a Alejandro Gil no solo pone en el banquillo a un exministro, sino a todo un modelo de poder basado en la lealtad ciega y el miedo político. Dentro y fuera del oficialismo hay sorpresa por la rapidez del proceso y la magnitud de los cargos. Para algunos, el caso busca enviar un mensaje de “tolerancia cero a la corrupción”. Pero para otros, es simplemente una purga política disfrazada de justicia.

Ingeniero de formación y tecnócrata de confianza de Díaz-Canel, Gil fue durante años el rostro del experimento económico del castrismo. Hoy, degradado y aislado, simboliza lo que ocurre cuando un cuadro del sistema deja de ser útil: pasa de ministro a traidor.

El juicio recién comienza, pero el mensaje ya está claro: en Cuba, ni siquiera los hombres del poder están a salvo del mismo aparato que ayudaron a sostener.

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