La Asamblea Municipal del Poder Popular en Santiago de Cuba terminó este miércoles haciendo lo que menos le gusta al aparato oficial: disculparse públicamente. Y todo por publicar una información falsa sobre la supuesta muerte de dos trabajadores universitarios, un cuento mal armado que provocó alarma en una ciudad ya colapsada tras el paso del huracán Melissa y el rebrote de enfermedades.
La falsa noticia salió del propio perfil institucional en Facebook, donde afirmaron que dos empleados de la Universidad de Santiago habían muerto por consumir un producto vendido ilegalmente como “alumbre”. Según la versión oficial, no era alumbre ni nada por el estilo, sino un “blanqueador industrial” robado de los almacenes de Mar Verde. Un químico altamente tóxico que, según ellos, unos supuestos delincuentes vendían como si fuera el coagulante casero que muchos santiagueros usan para tratar el agua sucia que llega por las tuberías rotas.
El post se regó con la velocidad de un apagón, generando miedo en una población que ya está al límite, obligada a ingeniárselas todos los días para potabilizar como pueda el agua marrón y llena de sedimentos que sale de los grifos tras los destrozos del ciclón.
Horas después, cuando el pánico estaba sembrado, la Asamblea tuvo que bajarse del pedestal y publicar una rectificación. En ella admitieron que la información era totalmente falsa, que el comunicado no había sido verificado y que la responsabilidad caía sobre el “comunicador institucional”, quien —según dijeron— no siguió ninguna pauta editorial. Como si el problema fuera un empleado distraído y no el desastre comunicativo que arrastran desde hace décadas.
Lo ocurrido deja al desnudo algo que los santiagueros conocen de primera mano: la improvisación absoluta con que el régimen maneja la comunicación, la incapacidad para verificar datos y la desesperada necesidad de culpar a delincuentes imaginarios cada vez que hay una crisis. Todo mientras sigue deteriorándose el sistema de distribución de agua, que hoy es poco más que un chorro lodoso lleno de bacterias.
La realidad en Santiago es dura. El huracán Melissa destruyó parte de la infraestructura hidráulica, disparó las enfermedades gastrointestinales y dejó a miles de personas recibiendo agua contaminada. Cada familia sobrevive como puede, colando el agua con telas, usando filtros remendados, hirviendo cuando hay corriente —y cuando no, con carbón o leña— o tomándola así mismo, cruzando los dedos para no enfermarse.
En medio de esta emergencia real, el Gobierno decidió añadir confusión con una historia inventada que terminó en disculpas apresuradas. Pero el daño ya estaba hecho. La opacidad institucional no solo desinforma: profundiza la desconfianza de un pueblo cansado de mentiras y de un sistema que se derrumba gota a gota.






