La violencia en Cuba cruza otra línea: asesinan a un profesor en Guantánamo mientras hacia guardia nocturna en su propia escuela

Redacción

El asesinato del profesor Rolando Castelvil Riñat dentro de la propia escuela donde trabajaba ha sacudido a Guantánamo y encendió otra vez el debate sobre la inseguridad que se vive en Cuba, incluso en espacios que deberían ser seguros por naturaleza. El hecho ocurrió en plena noche, mientras el docente cumplía su turno de guardia en la Escuela Pedagógica “José Marcelino Maceo Grajales”, una práctica absurda que ya muchos han denunciado, pero que el régimen sigue imponiendo como si los profesores fueran custodios.

La versión difundida por el perfil oficialista “Guantánamo y su Verdad” cuenta que el profesor descubrió a cuatro jóvenes intentando colarse en el centro escolar. Al pedirles que abandonaran la zona, se formó una discusión que terminó de la peor manera: uno de los intrusos lo atacó por la espalda con un arma blanca. Fue un golpe traicionero, un acto que habla de la violencia desatada en un país donde ni los maestros están protegidos.

Castelvil fue llevado de urgencia al Hospital Provincial. Los médicos hicieron lo imposible, pero la herida era demasiado grave y el profesor murió horas después. Su pérdida ha generado dolor, rabia y una profunda indignación que se respira en cada rincón de las redes.

La Policía aseguró que logró detener a dos de los implicados gracias a la identificación de un testigo, pero esa noticia apenas calma el sentimiento generalizado de impotencia. Cuando un crimen así ocurre dentro de una escuela, en un país donde ya no hay seguridad ni para enseñar, cualquier arresto llega tarde.

Mientras algunos perfiles oficiales intentaron clasificarlo como profesor de Educación Física, varios exalumnos salieron al paso para aclarar la verdad. Era un profesor de Historia, respetado y querido, un hombre serio y dedicado. “Ese señor fue mi profe de Historia hace cinco años, jamás fue de Educación Física”, escribió una joven. Otra añadió que era “honesto, buen padre y tremendo maestro”, un retrato que hace aún más dolorosa su partida.

El reportero de sucesos Niover Licea ofreció más detalles que permiten reconstruir el horror. Según su testimonio, esa misma noche un grupo de jóvenes ya había logrado entrar al centro sin autorización y fueron enfrentados por los profesores de guardia. No pasó mucho tiempo hasta que dos de ellos regresaron. Fue entonces cuando uno, un muchacho de apenas 19 años, atacó brutalmente al docente con una lima afilada. La puñalada perforó riñón, vesícula e intestinos. Otro profesor también resultó herido al intentar defenderse.

Castelvil pasó por tres cirugías y recibió dieciséis transfusiones de sangre. A pesar de los esfuerzos médicos, las lesiones internas eran irreparables. Su familia confirmó que los principales responsables están detenidos, incluido el joven señalado como autor material.

En redes sociales, el país ha estallado emocionalmente. Los mensajes de duelo se mezclan con llamados desesperados a la justicia. Muchos piden la máxima condena posible para los asesinos. Otros van más allá y exigen cambios profundos en la seguridad de las escuelas. Y no es para menos. La gente está cansada de que maestros y trabajadores tengan que hacer guardias nocturnas sin iluminación, sin custodios y sin recursos. “¿Hasta cuándo los profesores tendrán que poner el cuerpo?”, preguntó una docente, en un comentario que resume lo que todos piensan.

El dolor se mezcla con la furia. El crimen dejó a una niña sin padre, a una familia destrozada y a una comunidad entera cociéndose en miedo e impotencia. Y, como siempre, dejó expuesto al régimen, incapaz de garantizar la seguridad en los centros educativos mientras insiste en vender una imagen de país ordenado que hace rato no existe.

La muerte de Rolando Castelvil Riñat no es un hecho aislado. Es el reflejo de una Cuba donde la violencia crece, donde los maestros hacen de vigilantes porque no hay personal de seguridad, y donde el Estado, en vez de proteger, se limita a apagar fuegos cuando ya es demasiado tarde. La gente pide justicia, pero también pide un país donde tragedias así no se repitan nunca más.

Habilitar notificaciones OK Más adelante