Sandro Castro volvió a encender las redes con su ya habitual devoción heredada. Esta vez publicó una foto donde el argentino Diego Armando Maradona aparece enseñándole a Fidel Castro el tatuaje que llevaba en honor al dictador. “Día de dos grandes hoy”, escribió el nieto del hombre que hundió a Cuba durante décadas, como si el país no estuviera hoy hundido en apagones, escasez y una epidemia que nadie controla.
La imagen, tomada en una de las tantas visitas del futbolista a La Habana, resume a la perfección la alianza entre idolatría, poder y propaganda que el régimen explotó hasta el cansancio. Maradona, deslumbrado por la narrativa revolucionaria, terminó tatuándose la cara del dictador en la pierna izquierda, la misma que lo hizo mundialmente famoso.

La relación entre ambos arrancó a finales de los años ochenta, pero se afianzó en el 2000, cuando el astro argentino escogió a Cuba como refugio para tratar su adicción a las drogas. Y claro, no fue cualquier tratamiento: tuvo atención médica VIP, residencia de lujo, escoltas y privilegios a manos llenas, mientras el cubano de a pie seguía resolviendo el día a día con inventos y colas interminables. Maradona vivió la isla que el régimen solo le muestra a sus aliados.
El jugador siempre dijo que Fidel era como “un segundo padre” y lo definió como “el más grande de la historia”. El dictador, por su parte, lo trató como invitado especial, recibiéndolo una y otra vez en La Habana, encantado de tener a una estrella mundial apoyando su proyecto político.
La vida de ambos tuvo puntos comunes marcados por excesos, corrupción y relaciones turbias que la propaganda oficial se encargó de maquillar. Uno gobernó la isla con puño de hierro durante casi medio siglo, apropiándose de todo lo que generaba riqueza. El otro defendió a cuanto caudillo autoritario lo invitara a su palco, beneficiándose de su generosidad política y económica.
El dato curioso que el régimen insiste en convertir en mito es que ambos murieron un 25 de noviembre, separados por cuatro años. Fidel en 2016, Maradona en 2020. La fecha se ha usado para alimentar una narrativa sentimental que intenta glorificar lo que no tiene justificación.
Este 25 de noviembre, en medio de un país apagado —literal y metafóricamente— Sandro Castro volvió al culto de su familia. Con su publicación intenta revivir un mito que ya pocos compran, en una Cuba donde la realidad es cada vez más dura y los privilegios de los herederos de la élite resultan más ofensivos que nunca.
Mientras el pueblo lidia con hambre, apagones y represión, la casta gobernante sigue celebrando a sus “dos grandes”. Pero ya casi nadie cree en esos cuentos.







