El juego entre los Cocodrilos de Matanzas y los Toros de Camagüey terminó antes de empezar. Un robo dentro del estadio obligó a suspender el partido este martes, dejando en evidencia la descomposición total del sistema deportivo cubano, donde ya ni los peloteros están a salvo dentro de sus propios vestuarios.
Según medios locales, individuos ajenos al encuentro entraron al dugout y al vestuario yumurino y se llevaron de todo como si aquello fuera un mercado sin custodios. No fue un descuido, fue un saqueo descarado, según confirmó la propia página oficial La Banda Yumurina.
El comunicado fue claro: varios jugadores quedaron “literalmente sin nada”. Ni guantes personalizados, ni bates, ni protectores, ni zapatos, ni teléfonos. Algunos se quedaron solo con lo que tenían puesto para calentar. Un papelazo que retrata a la perfección el nivel de abandono en que está sumido el béisbol cubano, ese mismo deporte que el régimen dice defender mientras se cae a pedazos.
El periodista Luis Carlos Céspedes corroboró que entre los objetos robados había pertenencias de alto valor sentimental, algo que golpeó aún más a los jugadores. ¿Cómo se supone que un pelotero salga a competir después de ver su espacio invadido y vaciado? Los directivos de Matanzas lo tuvieron claro: no había condiciones ni anímicas ni materiales para jugar.
El encuentro quedó suspendido de inmediato. Era imposible exigir concentración cuando la propia seguridad del estadio había hecho agua. El comunicado de La Banda Yumurina lo resumió sin rodeos: “No se puede pedir a un atleta que dé lo mejor de sí cuando acaba de ser víctima de una violación de su espacio más privado”.
La indignación está desbordada. Los directivos y la afición exigen una investigación seria para dar con los responsables y reforzar la seguridad. Pero en un país donde las instituciones deportivas están en bancarrota y la infraestructura se cae a pedazos, las promesas suenan más a consuelo que a solución.
Este robo no es un incidente aislado. Es la muestra más cruda de un sistema deportivo que se desmorona al mismo ritmo que el resto del país. Y mientras los peloteros siguen abandonando Cuba cada temporada, lo ocurrido en Camagüey confirma que quedarse tampoco garantiza nada, ni siquiera un lugar seguro para guardar un guante.










