En Cayo Granma, un pequeño asentamiento de pescadores con poco más de 800 habitantes, la devastación tras el huracán Melissa sigue presente, más de un mes después. Casas derrumbadas, techos volados y escasez de alimentos son el día a día, mientras la máxima autoridad del país aterriza en helicóptero, desplegando su habitual espectáculo de promesas vacías y propaganda.
De las 256 viviendas del cayo, 170 sufrieron daños: 15 derrumbes totales, 31 techos desaparecidos por completo. Los vecinos apenas han podido adquirir algunos colchones y siguen esperando, sin fecha clara, los materiales que el régimen promete desde hace semanas. La ironía es brutal: mientras ellos duermen entre escombros, los funcionarios lucen sonrisas frente a las cámaras desde sus lujosas aeronaves.
Lo más inquietante es la reacción de la población. Aplauden, sonríen y saludan, aunque la realidad que los rodea es de abandono y precariedad. Este fenómeno no es casual: tras décadas de control social, miedo y propaganda, muchos desarrollan lo que expertos llaman síndrome de Estocolmo, donde el oprimido justifica los abusos de su opresor y ve gestos vacíos como atención o cuidado.
En Cayo Granma, los aplausos son hacia quienes les roban recursos, quienes mantienen su comunidad en abandono y solo ofrecen palabras sin acción. Entre los escombros, los pobladores mezclan rabia contenida, resignación y una extraña gratitud hacia un visitante que no trae soluciones, solo cámaras y discursos ensayados.
La escena es un retrato cruel de la desconexión total entre el poder político y la realidad del pueblo. Mientras el régimen organiza su show propagandístico, los vecinos aprenden a sobrevivir entre la esperanza de lo imposible y el miedo de lo inevitable, aplaudiendo a quienes deberían enfrentar su rechazo más absoluto.
Cayo Granma sigue siendo un ejemplo de cómo la opresión prolongada distorsiona la percepción colectiva y convierte la resistencia natural en gestos de aparente aceptación. Entre escombros y promesas vacías, el pueblo cubano sigue luchando por sobrevivir, mientras el régimen se asegura de que la función nunca termine.







