Rosmery García Ramírez, una muchacha cubana de apenas 17 años, está viviendo una pesadilla que ningún ser humano debería enfrentar, y mucho menos una adolescente. Su vida depende de un trasplante de riñón que en Cuba es sencillamente imposible, no por falta de donantes —su propio padre y su hermano están listos para salvarla— sino por el desastre crónico del sistema de salud, ese mismo que el régimen vende al mundo como “potencia médica”.
Desde bebé arrastra las consecuencias de una malformación anorrectal. Una cirugía mal resuelta cuando tenía apenas diez meses le dañó los nervios de la vejiga y la llevó directo a una insuficiencia renal que la ha condenado a casi dos décadas de hospitales, colas, carencias y 19 operaciones. Lleva más de dos años conectada a máquinas de hemodiálisis porque en la isla no hay condiciones para un trasplante: faltan insumos, falta tecnología, faltan medicamentos… sobra abandono.
La muchacha lo dijo con una claridad que duele: “Para seguir viviendo, debo salir de Cuba.” Y tiene razón. Lo único que le queda es escapar del sistema que la enfermó más de lo que la curó. Necesita viajar a Brasil, donde sí pueden hacerle la cirugía que en Cuba es un sueño imposible.
Su familia abrió una campaña en GoFundMe. Apenas han logrado un poco más de 1.300 dólares, muy lejos de los 15.000 que necesitan para cubrir viaje, trámites y tratamiento. Aun así, Rosmery no pierde la fe. Lo que escribe rompe el alma: “Tu apoyo no es solo un donativo; es la posibilidad de seguir luchando.”
La joven sueña con estudiar, formar una familia y hasta crear una fundación para ayudar a otros niños con condiciones similares. Ojalá el país que hoy la obliga a irse no le mate esos sueños también.
Quien pueda ayudar puede hacerlo a través de GoFundMe o mediante la tarjeta nacional cubana 9205-9598-7790-2883.
“Gracias por no dejarme sola en esta lucha”, concluye.







