La Habana amaneció otra vez sacudida por un episodio que retrata sin filtros el deterioro social que se vive hoy en Cuba. Esta vez, la víctima es Niyu del Carmen López Morales, una mujer que terminó al borde de la muerte después de una agresión tan salvaje que cualquiera pensaría que ocurrió en una zona sin ley… aunque, seamos sinceros, así mismo se siente la isla.
La historia salió a la luz gracias a una denuncia enviada al periodista independiente Niover Licea y publicada en la página “Nio Reportando un Crimen”. Según narran los vecinos, la joven fue llevada a la fuerza hasta la vivienda del presunto agresor —pareja o expareja, algo que todavía se intenta confirmar—. Apenas la puerta se cerró, comenzaron los gritos, esos llamados de auxilio que estremecen hasta al más duro del barrio.
Los residentes, desesperados, tocaron y gritaron mientras llamaban a la Policía una y otra vez. Desde adentro, el agresor llegó a soltar que “ya la había matado”, como si estuviera narrando una hazaña. Al final, ante la presión vecinal y el evidente peligro, las autoridades decidieron romper la puerta, despertando por unos minutos al sistema que casi nunca reacciona a tiempo.
Lo que encontraron dentro fue una escena de espanto. Niyu del Carmen estaba atada, colgada por los brazos, amordazada, llena de moretones y con señales claras de fracturas. Sus ojos, tan inflamados que apenas podían reconocerse, reflejaban el nivel de violencia que había sufrido. Estaba tan mal que cualquiera habría pensado que no sobreviviría.
Todo ocurrió en la Calle Balear, muy cerca del Hospital Pediátrico “La Balear”, en un pasillo que normalmente es de mucho movimiento. Pero ni eso detuvo al agresor. Fue el vecindario, no el Estado, quien prácticamente le salvó la vida.
La joven fue llevada de urgencia en estado crítico, mientras el presunto responsable terminó detenido. Aun así, el daño está hecho y el miedo corre entre quienes presenciaron el horror. Para colmo, la víctima había contraído matrimonio hacía apenas unos meses, un detalle que añade una tristeza adicional a este capítulo tan oscuro.
Este crimen deja claro, una vez más, que Cuba vive una crisis profunda donde la violencia crece y la protección ciudadana brilla por su ausencia. Mientras el régimen insiste en maquillar la realidad, historias como esta se multiplican y exponen el abandono institucional que sufren miles de cubanos. Aquí no hay “orden” ni “seguridad”: hay supervivencia, y cada día se hace más evidente.







