Los llamados “mercados piratas” siguen marcando el pulso de la economía real en Cuba, esa que el régimen intenta esconder, pero que es la única que todavía le resuelve algo al cubano de a pie. En estos espacios informales, donde todo se mueve por la izquierda, la gente encuentra productos que el Estado jamás logra garantizar, y a precios que, aunque siguen duros, al menos son más terrenales que los de las tiendas oficiales.
Un reciente recorrido del youtuber cubano JSant TV por varias zonas de La Habana dejó claro que estos mercados clandestinos se han convertido en la válvula de escape de miles de personas. Allí, donde el gobierno solo ve “ilegalidades”, la población ve la única manera de sobrevivir.
Entre los puestos improvisados empiezan a brillar los gadgets chinos que están de moda. JSant TV mostró cómo los relojes y audífonos tipo Casio o JBL, en versión clonada, vuelan de las mesas por unos 3.000 CUP. Los vendedores aseguran que aguantan lo suyo, y muchos compradores lo confirman, porque cuando la economía está hecha trizas, lo que dura y es barato se vuelve un tesoro.
Pero no solo son aparatos electrónicos. En estos mercados aparece de todo: comida, detergente, ropa, productos de aseo, artículos para la casa… Todo ese universo básico que el régimen es incapaz de abastecer, pero que sí llega a Cuba por rutas informales desde Panamá, Rusia o China, movido por la inventiva del cubano y la incapacidad eterna del Estado.
Las imitaciones de lujo también hacen acto de presencia. No falta el que se quiera poner un “Louis Vuitton” o un “Gucci” para sentirse un poco más glamoroso en medio del desastre. Otros buscan mochilas, chancletas o ropa de marcas tipo Calvin Klein o Havaianas, con precios que oscilan entre los 4.000 y los 6.000 CUP. Algunos se quejan de la calidad, otros quedan encantados, pero al final el precio manda, y lo que el régimen no vende, el mercado pirata lo coloca sin pedir permiso.
En un giro curioso, estos espacios también se han convertido en una especie de pequeña feria artesanal. Abanicos pintados a mano, recuerditos de la isla y piezas que mezclan tradición con supervivencia se venden como pan caliente, atractivas tanto para turistas como para cubanos.
Todo esto demuestra que la economía informal es más que un negocio: es una necesidad básica. Sin ella, la isla estaría todavía más hundida en la escasez y el abuso de precios que imponen las tiendas oficiales al ritmo que marca la burocracia. El mercado pirata es, literalmente, la competencia que deja en ridículo al Estado.
Uno de los puntos más movidos es el Parque Curita, donde cada cierto tiempo brotan ferias improvisadas. Los vendedores se mueven de un lado a otro según la policía apriete o afloje, pero siempre encuentran la manera de reubicarse. Mientras el régimen persigue, ellos se adaptan. Y mientras la escasez crece, la clientela aumenta.
Los juguetes clonados también hacen furor. Figuras de los Avengers, Peppa Pig y otros personajes llegan en versiones económicas que cuestan entre 1.000 y 3.000 CUP. No serán productos oficiales, pero para muchos padres es la única forma de regalarle algo a sus hijos sin dejar la billetera tiesa.
La ropa reciclada es otro invento que está salvando a más de uno. Aunque algunos cuestionan la calidad, la realidad es que el cubano compra lo que puede, y si una camisa usada cuesta la mitad que una nueva, la decisión está clara.
Y en medio de los apagones eternos que se han vuelto parte del ADN del país, los ventiladores recargables son de los productos estrella. Por unos 5.000 CUP, la gente se lleva un aparato que puede marcar la diferencia entre dormir o derretirse en la noche, porque esperar que el Estado solucione el problema eléctrico es como esperar nieve en Santiago de Cuba.










