Díaz-Canel traiciona a su «hombre de confianza» y testifica en contra de Alejandro Gil en su juicio secreto en La Habana

Redacción

El circo político cubano volvió a levantar su carpa, esta vez con Miguel Díaz-Canel como testigo de cargo contra Alejandro Gil Fernández, el exministro de Economía que durante años vendieron como su discípulo, su protegido y casi su sombra. Ahora, el gobernante aparece en el juicio para hundirlo, como si jamás hubieran compartido elogios, cumpleaños y abrazos ideológicos.

El proceso, oculto bajo siete llaves desde el 26 de noviembre, se celebra a puerta cerrada y con el mismo secretismo que el régimen usa cada vez que quiere esconder su propia podredumbre. Es el segundo juicio contra Gil: primero lo acusaron de espionaje y le querían clavar cadena perpetua; ahora lo arrastran por corrupción, lavado de activos y tráfico de influencias sin que el Noticiero se atreva a decir una palabra.

La hermana del exministro, la abogada María Victoria Gil, rompió el silencio y habló desde España. Contó que el juicio duró cuatro días y que todo se movió bajo un hermetismo grotesco, una burla más al pueblo que supuestamente tiene derecho a estar informado. “En España los juicios de altos cargos son públicos. Lo que pasa en Cuba es una falta de respeto”, dijo sin mordaza.

El detalle que más ha encendido las alarmas es la presencia de Díaz-Canel declarando contra el hombre al que hace apenas meses llamaba “excelente cuadro” y “revolucionario íntegro”. El mismo al que felicitaba en redes sociales y convidaba a seguir “trabajando por la revolución”. Ese mismo ahora le clava el puñal en un juicio donde el acusado no tiene ni la opción de defenderse ante la opinión pública.

María Victoria lo describió sin rodeos: “Eran uno. Se adoraban. Y ahora Díaz-Canel testifica contra él para lavarse la imagen”. Le llamó traición política y personal. Y en Cuba, donde la élite vive de amiguismos y pactos silenciosos, una ruptura así solo huele a una cosa: operación de chivo expiatorio.

La familia del exministro también está siendo presionada. Para entrar a la sala les hicieron firmar un papel de confidencialidad absoluta, como si estuvieran presenciando secretos nucleares y no la caída de un burócrata más dentro del mismo sistema corrupto que ellos mismos sostienen. La sobrina le rogó a su tía que no hablara más, pero María Victoria decidió romper el miedo: “El pueblo de Cuba tiene derecho a saber”.

La propia abogada admite que su hermano reconoció varios delitos económicos. Pero enseguida pone el dedo en la llaga: ningún ministro sale limpio de un sistema infectado de corrupción hasta el tuétano. Y señala que no es posible que Gil sea el único responsable de un entramado donde todos se tapan, se protegen y se benefician mutuamente… al menos hasta que el Partido decide a quién sacrificar.

También denunció que el régimen pretende quitarle la casa de Miramar, una vivienda obtenida por permuta y no por “mala vida”, según explicó. Sabe que en una dictadura pueden hacerlo sin pestañear: “Eso es Cuba, se la van a quitar”.

Mientras tanto, aquellos que antes se codeaban con Gil, visitaban su casa y le pedían favores, hoy desaparecieron como si nunca lo hubieran conocido. La élite cubana funciona con la misma lealtad que un gato callejero: mientras hay comida, todo es cariño; desaparece el plato, desaparece el afecto.

Con la prensa estatal muda y el juicio envuelto en opacidad, las únicas verdades llegan por las grietas. Y por esas grietas queda claro que el régimen quiere salvar su imagen a costa del mismo hombre que antes utilizó como emblema económico. Díaz-Canel, el supuesto compañero inseparable, ahora se sienta como acusador. Una jugada clásica del poder cuando quiere lavarse las manos sin mojarse la camisa.

La historia de Alejandro Gil es un recordatorio más de cómo funciona la cúpula en Cuba: te aplauden, te usan, te exprimen… y cuando eres un riesgo para el prestigio del jefe, te botan por la borda sin mirar atrás.

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