Holguín sigue en ruinas un mes después del paso del huracán Melissa, y lo que ofrece el Gobierno como “solución” parece más un chiste cruel que una política seria: casas hechas con contenedores marítimos, vendidas por la prensa oficial como si fueran la última maravilla de la arquitectura tropical.
El periódico Ahora intentó disfrazar el invento hablando de “creatividad”, “avance tecnológico” y “viviendas seguras”. Pero la película que cuentan en sus páginas no se parece en nada a lo que está viviendo la gente en las calles holguineras. Mientras ellos pintan un escenario heroico, lleno de “solidaridad” y “esfuerzo”, la realidad es que miles siguen durmiendo entre escombros, esperando una ayuda estatal que jamás llega a tiempo.
Las redes sociales no se tragaron el cuento. Desde ingenieros hasta amas de casa saltaron enseguida para poner los pies en la tierra. Y lo hicieron sin pelos en la lengua. Vivir dentro de una caja metálica bajo el sol cubano no es innovación: es tortura térmica. Una madre lo dijo clarito: “Eso es cocinar viva a una persona”. Un ingeniero fue directo al grano: “Son hornos solares; si no los fijan bien, se los lleva el primer viento”.
Muchos recordaron que en otros países existen viviendas hechas con contenedores, pero son diseños serios, bien aislados, climatizados y ajustados a estándares que en Cuba ni se mencionan. Aquí se trata, sencillamente, de contenedores recalentados pintados como “solución”. Un residente de Camagüey lo resumió con una frase que ya anda viral: “Si tan dignas son, entréguenselas a los dirigentes primero”.
El sarcasmo del pueblo tiene fundamento. Hace apenas una semana, el propio Gobierno reconoció públicamente que su brillante idea nacional de construir casas con contenedores está prácticamente muerta. Y eso que la habían presentado hace un año como el gran plan “económico y ecológico” para enfrentar el déficit habitacional. A día de hoy, después de liberar más de 1,700 contenedores, casi nada ha avanzado. Ni extracción, ni adaptación, ni obra terminada. Un fracaso anunciado que ahora intentan reciclar en Holguín.
La reunión que encabezó Manuel Marrero dejó al descubierto no solo el desastre del programa, sino también el derrumbe generalizado del país: basura sin recoger, servicios básicos por el piso, funerarias colapsadas… Nada funciona porque la crisis estructural ya es un monstruo que se lo traga todo. Marrero pidió “sensibilidad”, como si eso fuera suficiente para tapar la ausencia total de control, gestión y prioridades reales.
Melissa solo vino a darle el empujón final a un problema que llevaba años podrido. Miles de casas quedaron destruidas, miles de familias perdieron desde colchones hasta refrigeradores, y nadie tiene con qué volver a empezar. En vez de entregar materiales gratuitos a quienes lo perdieron todo, las autoridades siguen cobrando, regulando y poniendo trabas. Ahora, encima, pretenden vender el cuento de que un contenedor metálico sin aislamiento es un “hogar digno”.
El contraste entre la propaganda y la vida real es brutal. En los barrios golpeados abundan los techos apuntalados, las camas rotas, los niños durmiendo en colchonetas húmedas y las colas eternas para apuntarse en listas de ayuda que nunca se mueven. Mientras el Gobierno habla de “reinventar la vivienda”, la gente se pregunta cómo van a reinventar lo que nunca han podido construir.







