El segundo juicio contra el exministro Alejandro Gil sigue dejando titulares que huelen a abuso de poder, y uno de los más escandalosos es la posibilidad de que el régimen le arrebate la casa donde vive su familia. Sí, así mismo: después de exprimirlo, ahora podrían dejarlo sin techo.
Su hermana, María Victoria Gil, habló sin pelos en la lengua en una entrevista con el periodista Mario J. Pentón, y aseguró que en el proceso —que se lleva a puertas cerradas como si fuera un ritual secreto— ya se maneja la idea de confiscar la vivienda ubicada en Miramar.
Según contó, esa casa no cayó del cielo ni salió de ninguna fechoría, sino que fue fruto de una permuta estatal hecha a partir de la vivienda heredada por ambos. “Esa casa se la dieron a mi hermano porque entregamos la nuestra”, explicó, dejando claro que no se trata de ningún ‘botín’ corrupto, sino de un trámite gestionado durante años.
La abogada relató incluso que fue ella quien movió cielo y tierra ante el Comité Central para conseguir que su hermano, siendo ministro, pudiera vivir en un lugar decente porque la vivienda original estaba en pésimas condiciones. “Para lograrlo tuve que escribir cartas y más cartas”, recordó, subrayando que Gil jamás se atrevió a pedir nada por sí mismo.
La propiedad que recibió, dijo, era un viejo inmueble estatal convertido en ruinas, y que luego fue reconstruido. La planta de arriba, modesta y compartida con un viceministro, quedó para Gil. “¿Y ahora quieren quitársela? Esa casa no es mal habida. No deberían tocarla”, insistió. Aunque acto seguido reconoció la triste realidad: “En una dictadura nada sorprende. Se la van a quitar porque allí no hay derechos.”
El juicio actual es el segundo que enfrenta Gil. El primero —por espionaje— fue anunciado con bombos y platillos en el Noticiero, con la Fiscalía pidiendo cadena perpetua. Pero ahora, en esta causa por corrupción, lavado de activos y tráfico de influencias, el régimen ha preferido hundirlo en silencio absoluto. Ni una nota en la prensa oficial. Ni una línea informativa. Puro apagón informativo, como acostumbran cuando la cosa les conviene.
María Victoria, que vive en España pero mantiene contacto directo con fuentes dentro del proceso, reveló que el juicio duró cuatro días y quedó concluso para sentencia bajo un hermetismo que ella califica como una falta de respeto al país. Recordó que en cualquier democracia los procesos contra altos funcionarios son públicos, pero en Cuba el pueblo solo sabe lo que el poder decide filtrar.
Uno de los detalles más impactantes que reveló fue la presencia del propio Miguel Díaz-Canel como testigo de la acusación. Sí, del presidente en persona. El mismo que durante años alabó a Gil, lo llamó “excelente cuadro”, lo felicitó después de destituirlo y hasta lo animó a seguir trabajando “por la revolución”. Según la familia, eran como uña y carne. Y ahora, en un acto que huele más a supervivencia política que a justicia, el gobernante aparece para hundirlo aún más.
María Victoria describió ese gesto como una traición en toda regla. Señaló que resulta vergonzoso ver cómo quien lo consideraba imprescindible ahora lo usa para lavarse la imagen dentro y fuera de la Isla.
La familia tampoco se libra de la presión. Contó que sus sobrinos y la esposa de Gil pudieron entrar a la sala solo después de firmar compromisos de confidencialidad. Y que a ella misma la han tratado de silenciar. Su sobrina le pidió que no hablara, temiendo que sus declaraciones perjudiquen más al exministro. Pero María Victoria decidió plantarse y romper el cerco informativo porque, según dijo, “el pueblo tiene derecho a saber qué está pasando con uno de los ministros más altos del país.”
La abogada reconoce que su hermano admitió delitos económicos. Asegura que el sistema es tan corrupto que nadie sale limpio de él, y que el poder termina arrastrando a cualquiera. Aun así, sostiene que lo están usando como chivo expiatorio para cubrir a figuras más grandes que ya desaparecieron de escena.
Su determinación es clara: llevará el caso a donde haga falta, incluso a la Corte Internacional de Justicia, y quiere que si se prueban delitos, caigan todos los implicados, no solo el único que hoy está pagando los platos rotos.
También criticó el abandono de todos esos altos funcionarios, artistas y figuras públicas que antes frecuentaban la casa de Gil, pedían favores y bebían de su influencia. Ahora ninguno asoma la nariz. “¿Quién ha ido a verlo a prisión? ¿Quién ha preguntado por su familia?”, cuestionó, dejando claro que la élite cubana solo es leal mientras le convenga.










